Archivos Mensuales: febrero 2012

La provocación política

Muchos amigos no creen que mi afiliciación política sea independiente. Piensan que tengo posiciones más republicanas que demócratas y mis antecedentes les dan la razón: en 18 años como votante registrado en el condado de Miami-Dade, solo dos veces he optado por candidatos demócratas.

La verdad es que, a la hora de discutir sobre política estadounidense, la posición que más me gusta es la de provocador. Me divierte el debate acalorado y me dan risa las poses serias de mis contrapartes cuando chocamos. Pero sin perder la cordura.

He visto buenas amistades y relaciones familiares irse a la ruina por la política, lo cual es trágico.

En realidad, el juego político transcurre entre la percepción y la realidad.  Por lo tanto, el partidismo no es más que la alienación voluntaria de la percepción con la realidad y, el fanatismo, es la exacerbación de esa alienación.

Yo me resisto a ser contado como el voto seguro de alguien. Tengo alergia a la mentalidad de rebaño y rehuyo de los coros complacientes o las consignas.

Lo que rechazo de las posiciones demócratas es cierta arrogancia intelectual que detecto en los abanderados liberales que, simplemente, me pulsan los botones de la rebeldía. Para esa gente no ser liberal equivale a ser estúpido.

Aún así, en este momento mi voto para presidente de Estados Unidos lo tiene el titular de la Casa Blanca, Barack Obama. No voté por él hace cuatro años y no lo lamento.

Sin embargo, a lo largo de su mandato me he identificado con su compostura, su balance, en medio de los ataques de una derecha que, ya sea desde el Congreso o del Tea Party, solo parece encontrar un poco de coherencia en el antagonismo visceral.

Pero en el escenario electoral es diferente. Los aspirantes elefantinos a la nominación presidencial; Romney, Santorum, Gingrich y Paul, representan un espectro ideológico variado y pintoresco que por primera vez me ha provocado interés por un proceso electoral partidista.

El doctor Paul ha refrescado al republicanismo con sus posiciones libertarias – y lo ha hecho de una forma deliberada, audaz y sin escatimar fortuna – mientras que Santorum, quien tiene mi misma edad pero ya sirvió más de 20 años en el Congreso de Estados Unidos, habla con mucho aplomo y, sobre todo, no tiene miedo de decir lo que piensa. Errado o correcto en sus posturas, Santorum resiste la intimidación de su conciencia por parte de las ideologías.

Por su parte, Gingrich es el viejo zorro, el hijo del pueblo que ha recorrido los rangos del poder con todas las consecuencias que eso trae y, finalmente, Romney es el señorón que no termina de comprender por qué sus correligionarios no terminan de aceptarlo como su candidato.

Lo que no entiendo es por qué los analistas ponderan si el Grand Old Party (GOP) ha perdido su influencia en el centro del electorado por ir detrás de posturas extremas. La verdad es que, aparte de los temas religiosos, los cuatro precandidatos republicanos presentan en sus historiales mucho más centrismo que la plana mayor demócrata: Obama, Hillary Clinton, Nancy Pellosi y Joe Biden.

Romney, no importa que tan conservador pretenda ser en estos momentos, fue el autor de un sistema de salud semi universal en Massachussetts, que abrió una brecha social en Estados Unidos, mientras que Gringich, como se sabe, es más detestado entre los propios republicanos que entre los demócratas liberales.

Paul se opone al embargo a Cuba y es un aislacionista en política exterior, un caso excepcional en esta época de globalización, mientras que Santorum, aunque no prevé ninguna contemplación con los inmigrantes ilegales, por su contribución ya sea a favor de las víctimas del Sida o del genocidio en Sudán, ha sido llamado por Bono, el líder de la banda U2, como “un defensor de los más vulnerables”.

Soy de los que esperan un final de película para este duelo: una convención republicana en agosto, aquí en Florida, sin un candidato definido.

Suceda lo que suceda, dos cosas quiero dejar en claro: Uno, que mi voto en las presidenciales de noviembre el candidato republicano tendría que ganárselo, arrebatándesolo a Obama que por ahora lo tiene. Y, dos, que me siento dichoso de no poder votar en las primarias republicanas, porque las puedo disfrutrar más como el votante independiente que sigo insistiendo que soy. HORACIO RUIZ

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A merced de la naturaleza

Una mañana de julio en 1992 tres ex combatientes de la “contra” fueron a buscarme al periódico porque querían trabajar y, no se por qué motivo, pensaron que yo podía ayudarles.

Uno de ellos había perdido una mano en la guerra contra el ejército sandinista. A otro le quedó la boca torcida por un charnel de granada y, el tercero, aunque era el que mejor se veía y parecía bien alimentado, sufría de desórdenes emocionales.

No me resultó difícil vertir sobre aquel trío de figuras descosidas mis mejores sentimientos.

Un poco como que nos necesitábamos. Ellos requerían con urgencia un poco de estabilidad y solidaridad y este servidor los veía como una oportunidad para ser generoso con algo que le tocaba bien adentro: el sufrimiento de su pueblo.

– “De lo que sea”, me dijo al que apodaban Risita, el de la cavidad bucal desfigurada, cuando le pregunté qué tipo de trabajos podían realizar.

– “Usted sabe cómo somos los nicas, fajones. A todo le hacemos”, agregó Medardo, el mutilado al que apodaban “Clin Ishuo”, por el personaje de “El Manco” que encarnó Clint Eastwood en Por unos Dólares Más.

El líder de la tripleta, Mercedes Norori, era el que menos hablaba. Se veía pasado de peso y transpiraba mucho. También, como me enteré poco después, era el que más bebía.

Como tengo la mala costumbre de mostrar afecto con rapidez, el día de nuestro encuentro los invité a cenar en una fonda nicaragüense de Sweetwater.

No hablamos ni de la guerra, ni de política. Posiblemente no queríamos. Ya habíamos tenido bastante de eso en nuestras vidas y, más bien, charlamos sobre licores, viajes, novias, la vieja Managua, fiestas patronales, la Caimana, los toros Braman, las sopas, el béisbol y el boxeo, en fin, ideas fijas en las mentes de nosotros, los nicas.
Terminé por contratarlos. Me aseguraron que, entre otras cosas, eran carpinteros bien probados y como necesitaba reemplazar una pérgola de madera a la entrada de mi townhouse, pues me pareció un asunto de sentido común que se ganaran esa plata.

Lo que siguió fue terrible, no tanto para mi como para mi familia. Más de un mes después de iniciar labores, los tres contras no conseguían terminar el trabajo.

Algunas noches esperaban que regresara a casa, sentados en la acera, hasta que los hacía pasar para bebernos un par de cervezas y, a veces, también para cenar.

Mi esposa estaba al borde del colapso nervioso y me dijo que había sido “la peor decisión del mundo” el haber hecho trato con mis amigos de la contrarrevolución en desbandada.

– What’s wrong with you, dad? – me reprochó una noche mi hijo de 12 años.

Algunos sábados hacíamos tertulias o, mejor dicho, terapia. En la última de esas sesiones, abrí una botella de dos litros de escocés y fue lo peor. Los tres se emborracharon. Mercedes alucinó con la guerra en las Montañas de Nueva Segovia y se dio de golpes con Risita.

Medardo lloró como un niño y, al final, tuve que irlos a dejar a cada uno a su casa, en el más absoluto silencio. Esa noche decidí despedirlos y no volver a recomendarlos con nadie.

Pasaron varios días sin venir y, al cabo de un par de semanas, dieron por terminado el trabajo. “Si querés, no nos pagués. Sabemos que quedó mal”, me dijo Mercedes.

La pérgola se veía horrible, un gasto en balde de madera, pintura y fierros. Como tomaron malas medidas, al final unieron las reglas con goma y clavos cruzados. Tendría que darla a hacer de nuevo. Pero les pagué y se fueron.

No había acabado de lamentar mi mal juicio cuando, el 24 de agosto de 1992, el Huracán Andrew azotó con fuerza devastadora el sur de la Florida, matando a unas 30 personas en nuestra zona y destruyendo y dañando decenas de miles de residencias.

Cuando el adjustador de la aseguradora  se presentó en mi casa para inspeccionar los daños, lo primero que hizo fue fijarse en la pequeña estructura levantada por los contras.

–      Heavy damage here, I can see – me dijo.

Creí que se burlaba, pero no, en seguida tomó medidas y anotó números en su block. Aquel trabajo había quedado tan chueco que el ajustador pensó que era el daño retorcido de un huracán de categoría cinco.

Yo no lo saqué de su error, sobre todo porque no estaba bien seguro de lo que estaba sucediendo.  Hasta que al cabo de varias semanas recibí un cheque generoso para reparar la pérgola entendí  a cabalidad.

Quiero creer que la Divina Providencia me devolvió con creces lo que perdí a causa de mi embelezo con los contras. Me hubiera gustado celebrar con ellos, pero nunca supe dónde se metieron. HORACIO RUIZ

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La oficina picante

Nuestra sexualidad, aparte de procrear, nos reprime o libera, nos puede curar u obsesionar, dar seguridad o provocar neurosis y, también, nos ayuda a comprendernos mejor y a calibrar nuestros sentimientos. Quizás a menudo no reconocemos estas sutilezas de nuestra carnalidad.

Sí, el sexo es placer, pero también es comportamiento. Pleasure and personal behavior go together. Desde la más profunda mojigatería hasta la perversion más abyecta, todo depende de la forma en que nos relacionemos con nuestro líbido.

Pero, ¿qué pasa cuando tenés que trabajar con el erotismo de la gente?, ganarte la vida inmiscuyéndote en el placer de los demás.

Y no me refiero a la prostitución o al juramento hipocrático del ginecólogo o la ética del terapista sexual, sino que al trabajo intelectual con el sexo.

Ahora hay mucho de eso, los hotlines, el porno cibernético, etc., pero en una época no muy lejana era algo más reservado. Muchas inocencias no se habían roto todavía. Subsistía el pudor.

Cuando llegué a Miami, en 1987, me propuse buscar un trabajo. Quería, de ser posible, desempeñarme como escritor, redactor, editor, periodista, o lo que fuera que tuviera que ver con la lengua de Castilla.

En respuesta a un aviso clasificado, me dirigí a una oficina a orillas del Río Miami, entre la 17 y la 12 Avenida. El empleador pedía un traductor de inglés a español que además fuese “creativo y de libre pensamiento” para una “revista de circulación internacional”.

“Yo”, me dije desde el primer momento y, muy seguro de que obtendría aquel puesto, asistí a mi primera entrevista de trabajo en los Estados Unidos. Hasta llevé un saco.

La oficina en seguida me dio mala espina. Era un poco sucia, desordenada, casi como una bodega, aunque sí, habían señales de una empresa editorial, como máquinas de escribir, mesas de montaje, cuartillas en blanco en cada escritorio y un señor ocupado, como en plena faena de editar un manucristo con su bolígrafo.

Mi entrevistador reafirmó mi incomodidad. Me miraba fijamente, calándome de una forma más personal de lo necesario. Era como si algo le intrigaba por encima de las formalidades. Finalmente soltó la pregunta:

–     ¿Usted sabe lo que hacemos aquí?

–     Sí, una revista que circula en varios países – le respondí.

–     Así es, vea usted – me replicó extendiéndome un ejemplar del producto.

Y resulta que estaba solicitando trabajo a la redacción central de la revista Pimienta, un panfleto de literatura pornográfica en español en donde escribían lo que sin duda considero como las mentes más morbosas del Siglo XX.

Claro que conocía a Pimienta. Creo que en un momento de mi pubertad compré uno o dos ejemplares, en medio de las sonrisas de un librero libertino de Managua.

La verdad es que, al cabo de tanto tiempo, el volver a tener otro ejemplar de esa revista en mis manos, ofrecida por el propio Editor Jefe, me provocó nostalgia, risa y, en seguida, vergüenza.

Pero me propuse no emitir juicio delante de aquel Hugh Hefner en pequeño. Me mantuve callado, hojeando el ejemplar con la mayor naturalidad posible… Leí una línea que nunca se me olvida…”mi miembro se hizo la mar de grande”.

– “Un escritor español, sin duda”, pensé.

Entonces mi entrevistador con mucha elegancia salió a mi rescate:

–     Mire, si quiere tome su tiempo para pensarlo y luego me avisa…

–     Muy bien, muy bien, no hay problema, le dije en el acto, antes de desaparecer.

Ya había pasado el mediodía, tenía hambre y 28 años de edad. Hacía calor en Miami y entré en un Burger King a calmar mis dos necesidades primarias. Comí, bebí y discerní sobre mi sexualidad en silencio, pero sin llegar a ninguna conclusión seria.

Seguiría sin trabajo por un tiempo. HORACIO RUIZ

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El vuelo de los claveles

La visita del Papa Juan Pablo II a Cuba, en enero de 1998, tuvo atención mundial y, en lo particular, me hizo sudar más de la cuenta.

Un editor de la agencia italiana Ansa se instaló en un hotel de Miami Beach unos días antes del peregrinaje del Sumo Pontífice y decidió que cubriríamos en equipo las reacciones locales de la comunidad cubana. Todo iba bien hasta que Cristiano, como se llamaba mi jefe visitante, me pidió que viajara en una flotilla de protesta de exiliados anti-castristas frente a las costas de Cuba, para llamar la atención cuando el Papa estuviese oficiando misa en La Habana.

Me reservaron cupo en una avioneta desde la cual se lanzarían ramos de flores sobre el sitio en el océano donde guardacostas cubanos hundieron en 1994 un remolcador cargado de personas que querían escapar hacia Florida. Allí se ahogaron 41 almas, incluyendo 10 niños, según datos independientes, porque el régimen cubano nunca precisó el número de vidas que se perdieron.

La protesta sería noble y pacífica. El problema era — y todavía lo es —  que me desagrada mucho viajar en aviones muy chicos. Pero Cristiano insistía que la agencia en Roma estaba encantada con la idea de realizar esa cobertura. ¿Cómo iba yo a defraudar a mis espirituosos colegas de la prensa italiana? La cobardía no era una opción.

Me presenté en el aeropuerto de Tamiami a la hora indicada. Periodistas y aviadores escuchamos misa en un hangar y luego abordamos. Mi avioneta era la más pequeña de las tres que saldrían al encuentro de los botes que, a su vez, zarparían desde Key West hacia el sitio de la tragedia, al borde de las aguas territoriales cubanas. Era tan pequeño mi avión que apenas yo alcanzaba atrás junto a varios ramos de claveles amarillos.

En una media hora llegamos al sitio acordado. Divisé la silueta de La Habana, blanquesina, larga, como un espejismo que coqueteaba con hacerse realidad. Abajo miré los botes de los cubanos atareados en su protesta.

El piloto y el copiloto me indicaron que había llegado la hora de la maniobra. El momento más delicado de la misión.

Comenzamos a volar en círculo con las alas inclinadas y, dentro de la avioneta, nuestra posición se hizo bien perpendicular, incómoda, surreal. El zumbido del motor era más fuerte, el viento nos sacudía con mayor facilidad y bailábamos en círculo con las otras dos avionetas. Sudé mucho mientras pasaba hacia adelante las flores que los tripulantes lanzaban al mar desde sus ventanas.

Al cabo de un rato, el piloto me preguntó: “¿Tú quisieras arrojar un ramo?” Le dije que sí.  El día era soleado y cristalino. Circunvolando y descargando flores, el tiempo se hizo elástico. Como por 15 minutos no fuí el reportero de Ansa sino que un manifestante suspendido en el aire, con el cuerpo virado.

Finalmente, regresamos, me despedí de mi tripulación y, cumpliendo las instrucciones de Cristiano, desde la terminal de Tamiami lo llamé a su hotel de Miami Beach. Le narré todo lo que puede. Él tenía que hacer la nota en italiano; luego yo haría la mia en español, para el servicio latinoamericano. Al terminar la comunicación me inquirió:

– Entre todo lo que me has contado qué te impresionó más.

Mi respuesta meditada en segundos fue bien sincera, aunque dramática.

– Que nunca hubiera pensado poner en riesgo mi vida por ir a tirar unas flores.

– ¡Ajá!, bien, ciao – me respondió entre reflexivo y apurado.

Unos días después, cuando Juan Pablo II y Cristiano ya habían regresado a Roma, me llegó un sobre desde el buró central de Ansa. Era un recorte del diario L’Stampa de Milán en la que aparecía una nota no muy larga titulada: “Rischiando la vita lasciando i fiori” (Arriesgando la vida por lanzar flores). Yo era el autor.

Llamé a Cristiano y le agradecí, pero le expliqué que no estaba de acuerdo con poner mi firma en una nota que en realidad no había escrito. Me replicó que yo la había vivido y que eso, para la agencia, era más importante. Que él solo fue un traductor.

Le volví a agradecer sin muchas ganas y me despedí.

¡Periodistas!, proferí en silencio y pensé en mis claveles amarillos flotando serenos en el mar.  HORACIO RUIZ

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El joven de siempre

Al final de una larga jornada de trabajo durante una conferencia sobre libertad de prensa en Lima, una amiga peruana nos llevó a cenar al famoso restaurante La Rosa Náutica, en uno de los muelles de la capital peruana.

Como no teníamos reservación, nuestro grupo de cinco personas tuvo que negociar un espacio en el área del bar, justo a la entrada, pero con una mesita propia. Ya sentados nos sentimos felices, justo lo que queríamos, un lugar decente para degustar un par de pisco sour y pasa bocas.

El sitio posee una  atmósfera como la de un balneario del sur de Inglaterra. Pero está en el distrito de Miraflores, bastante vinculado a la creación literaria de Mario Vargas Llosa.

Yo desde que visité Lima por primera vez, en 1989, para cubrir la contienda electoral entre Alberto Fujimori y, precisamente, don Mario Vargas, había querido comer allí y aquella noche de octubre, con la negrura de la noche rotunda sobre el Océano Pacífico, quedé defraudado.

La verdad es que no ordenamos platos fuertes pero, a juzgar por los piscolabis, esperaba algo mejor de aquella casa de renombre.

Los que no defraudaron fueron los “piscazos”; de maracuyá, de mandarina, de kiwi, de lucuma, de café y, por supuesto, el pisco sour clásico.

Ya bien embebidos en el néctar de la cáscara de la uva, nos disponíamos a pagar y a caminar un poco por el muelle, cuando de pronto una de las companeras gritó:

– ¡Rod Stewart! ¡Rod Stewart!

Avispándome, busqué en dirección de la mirada de mi amiga y, sí, efectivamente, la luminaria del pop inglés caminaba hacia la salida de La Rosa Náutica, en nuestra dirección y, como en un cortejo hedonista, venía flanqueado por cuatro bellezas provocativas y un séquito de guardas que, con respeto, al lado del artista parecían como eunucos.

Algunos comensales se pusieron de pie y aplaudieron mientras Rod pasaba frente a ellos y, justo cuando lo tuve frente a mi, le ofrecí un dedo pulgar hacia arriba y él me respondió con la misma contraseña. Cómplices para siempre.

Fue entonces que Miriam Ramos, nuestra amiga peruana, logró reanimar su cámara y se atrevió a pedirle una pose al cantante, pero él ya había pasado nuestra mesa y estaba en el umbral de la partida. No obstante, en seguida, el gran Rod Stewart, hechó paso atrás y regresó a nuestro cuadrante para saludar a Miriam con un gesto tan de él que, entonces sí, no me cupo duda de que La Rosa Náutica era un restaurante clásico de Lima. Aquel ídolo iba tan contento como nosotros por los piscos.

Y así nos fuimos a caminar y fumar por el muelle, con el viento fresco que hacía rodar La Rosa de mi imaginación como una ruleta.

Revisé detenidamente la foto de Miriam y me gusto mucho. Despixelada, borrosa y todo lo demás, pero aquella acuarela electrónica era auténtica.

“Este hombre tiene 67 años y todavía se rehusa cambiar su look de playboy de discoteca, de muchacho sexy y astro londinense”, pensé. “Como una galletita china, me está tratando de decir algo – seguí divagando — ¿qué es?…sí, ya se…que no hay nada como ser auténtico, como ser fiel a uno mismo”.

Entonces, con esa convicción en el pecho, pude abandonar mis pensamientos y disponerme a regresar al hotel, metido en el carro de Miriam, con todas las compañeras también reconfortadas, riéndose y cantando los viejos beats de Rod Stewart. HORACIO RUIZ

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La jinetera añorada

Entre tantos náufragos o balseros cubanos que han llegado a las costas del sur de la Florida y que sin llamarse Elián González cautivaron mi imaginación recuerdo en particular al cantante Rolexi, de 27 años.

Cuando lo entrevisté apenas tenía 15 minutos de haber abandonado su balsa frente a Key Biscayne. Era muy temprano en la mañana.

Tuvimos un intercambio reporteril muy rápido, pero no se cómo intimamos un poco.

Me pidió un cigarrillo y se lo dí. Tenía un talante agresivo, pero a la vez curioso, muy cubano.

–    ¿A quién dejas en tu casa?, le pregunté con mi grabadora en mano.

–    Mi novia, man. De veras que ya la extraño, respondió mientras examinaba los rayos del Sol y exhalaba humo por la comisura de los labios.

Mi instinto de periodista reaccionó. Un balsero y salsero, recién llegado, disparándose su primer Marlboro Light en la playa, añorando a su novia desde el primer momento … Buena historia, pensé.  Al llegar al periódico podría escribir algo de mi agrado. Pero al final no pudo ser así.

El retrato de la muchacha estaba mojado. Muy endeble. Era una foto Polaroid doblada por la mitad.

–    ¿Qué piensas hacer para reunirte con ella en Miami?, le pregunté.

–    Lo que sea, man, pero está mala la cosa por allá, tu sabes.

–    ¿A qué se dedica ella?

–    Bueno, está de jinetera porque allá no hay más trabajo. A mi no me gusta eso…

Claro que no, pensé, pero ante todo me dejó pasmado la franqueza de aquel sujeto. Lo miré detenidamente para comprobar si estaba en sus cabales o si era un individuo con cierto grado de retraso, de esos que a ratos pasan por normales.

No. Era un tipo bien fresco y relajado, tan solo un cantante acostumbrado a la bohemia de un país socialista, asociado sentimientalmete con una mulata flaca, fuerte, con buenas nalgas y labios carnosos y desafiantes.

Conversamos por unos 15 minutos más. Le dí otro cigarrillo. Nos hicimos buenos amigos de un pequeño rato. Creo que él me miró con el respeto de quien no puede irrespetar a nadie.

Cuando iba a marcharme, le dije, a mi modo, metiéndome en lo que no me importa solo por las ganas de hacerlo: “Rolexi, te quiero dar un consejo, no comentés con nadie más de la prensa la ocupación que tiene tu novia allá en Cuba… Poco a poco te vas a dar cuenta que aquí la cosa es un poco diferente y que hay temas que mejor se callan”.

Me agradeció con humildad y no lo volví a ver en persona. Después escuché por la radio que había dejado en Cuba a una novia enfermera. En otro periódico se escribió que la muchacha era estudiante de ballet.

Pero la moraleja del cuento es que no pude escribir la historia de color que quería porque desde que me alejé de Rolexi, tras darle mi consejo, me sentí un poco canalla.

Le trasladé mi moral sin ningún derecho. Creo que no tuvo mucho éxito como cantante, aunque viajó a presentarse en New Jersey y Las Vegas.

Yo lo sigo admirando por su franqueza, porque su moral forjada en el infierno de Cuba terminó por golpear a mi moral basada aquí, en el Paraíso.

HORACIO RUIZ

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Los Buitres

Que una conocida firma de expertos en apartamentos de Miami se llame Condo Vultures (Buitres de Condominios) es algo que inquieta y permite pensar que en toda esta descomposición del sistema bancario e hipotecario que vivimos verdaderamente hay algo de carroña que, en vez de ocultarse, hace alarde de su condición.
No es nada en particular contra ese negocio y sus representantes. Es el nombre. Es la figura nigromante del buitre, una ave grande, calva y encorvada, a la que a menudo nos referimos con desprecio por su apetito por la carne muerta.
El término “condo vultures” por mucho tiempo se ha utilizado en forma peyorativa para inversionistas que se ceban de la desgracia ajena, invirtiendo en los peores momentos de los ciclos inmobiliarios cuando otros han fracasado.
En realidad no hay nada reprensible en eso, solo que es una práctica de negocio, digamos sin honor. Pero cuando una firma de bienes y raíces se llama en forma deliberada “Buitres de Condominios”, es como si pudiesen existir la funeraria “Gusanos de Tumbas” o el servicio de grúas de camino “Hienas de Accidentes”. Cuando menos, un descaro.
Que la pérdida de uno sea la ganancia del otro es algo normal y aceptado en el capitalismo. En el mercado, junto a la oferta y la demanda, impera la ley del más fuerte. Por ejemplo, la venta de vehículos embargados es siempre vista como una buena oportunidad para los compradores. Sin hacer mucho alarde.
El riesgo es que primero aceptemos, después aprovechemos, luego imitemos y, por último, nos ufanemos del comportamiento carroñero. No hay nada malo en hacer una buena compra donde otro no pudo lograrlo. Lo que por elemental decencia debemos evitar es restregar en la cara de los demás la ventaja que tomamos.
Un buitre es una ave de guerra, de miseria y epidemia, de despojos. Durante décadas han dado un ambiente un poco siniestro al centro de la ciudad de Miami, principalmente en el viejo edificio de las Cortes. Son una presencia inquietante en las alturas, como sombras latentes que asedian nuestras conciencias.
En “The Birds”, el célebre filme de Hithcock, son los cuervos los que ponen sitio a la humanidad decente, representada por una familia que se defiende a como puede hasta que aprovecha una tregua para escapar.
En Miami, como sociedad tenemos que resistir de la tentación de la carroña, de la ganancia fácil, de la ostentación tribal del mal de los demás. HORACIO RUIZ
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Cuadrangulares chillones

El home-run es la máxima expresión de potencia en el béisbol. Es un clímax de la destreza al bate en el que la pelota se pierde y se transmuta a los fanáticos como una petite morte deportiva. Un éxtasis.
Tienen el sabor a la victoria anticipada y cada equipo, en cada juego, debe celebrar sus home-runs con la mejor fanfarria.
En Miller Park, hogar de los Milwaukee Brewers, cada vez que un local conecta un cuadrangular, la mascota — que es la representación de un fanático legendario llamado Bernie Brewer — se desliza solícita por un resbaladero de plástico amarillo hasta que cae sobre un homeplate gigantesco.
Quizás este sea un festejo bien dull, tonto, muy propio de una ciudad como Milwaukee, pero también es un acto clásico del béisbol.
En Citizens Park de Filadelfia, un estadio donde se conectan muchos cuadrangulares, la celebración es, como era de esperarse, con la Campana Libertad, una estructura de neón y metal de 16 metros de alto que tañe y se ilumina cada vez que Ryan Howard y compañía sacan la pelota del campo.
Ambos, los Brewers y los Phillies, son equipos tradicionales de béisbol, no como los Marlins de Miami, quizás el conjunto más criticado y envidiado de las ligas mayores por sus dos campeonatos mundiales a edad precoz y por que, después de todo, Miami tiene un clima envidiable en invierno y es una ciudad moderna y glamorosa, pero por nada del mundo puede aspirar a la tradición beisbolera del Northeast, del Midwest o de ninguna parte.
Siempre que esta ciudad pretende salir de su modorra de Gran Hotel, el mensaje que recibe es: Back-off, Miami!
Pues bien, en el estadio de los Marlins, construido a un costo de $515 millones de dólares se ha instalado una escultura eléctrica, rococó, insólita, para celebrar los home-runs de Mike Stanton & Co. El espectáculo eléctrico, de cuatro capas, es indecible. Escapa cualquier definición, pero quizás en su desparpajo es donde reside su fortaleza.
Se le ha llamado desde “ridículo” hasta “horripilante”. Lo peor de lo peor. Pero, ¿qué tan escadaloso es en realidad?
Tras verlo funcionar en toda su desfachatez de roconola de cantina o de máquina de pin-ball se puede decir que es como si Lady Gaga haya irrumpido en una noche de gala de la Opera de Berlín.
Pero en realidad no hay trauma, salvo la mirada inquisitiva, las cejas arqueadas de los envidiosos en las Grandes Ligas, que como a hermanastras de Cenicienta, les mortifica el equipo de “la ciudad de campo” que este año debutará con lo mejor que tiene.
Sí, la escultura en el center field  es estrambótica, pero tal es el mensaje que el equipo mejor puede enviar en su circunstancia. No importa lo que los Marlins hagan o dejen de hacer, nunca serán parte de la realeza del béisbol. Siempre los verán como advenedizos; un cardumen maltratado de peces sin muchos fanáticos adinerados.
El flamante estadio futurista que asemeja el casco de la Guardia Imperial en Star Wars, el nuevo equipo con personalidades recalcitrantes (el divo Hanley; el twittero Morrison, el bravucón Zambrano; Reyes sin sus rizos y Ozzie con su spanglish), así como la nueva escultura de delfines, flamencos y palmeras chillonas para celebrar los home-runs, representan a a un equipo desenfadado que ha sido ensamblado y desmantelado varias veces, como una familia disfuncional. No hay nada clásico en ellos.
Los puristas del béisbol no les han dejado otro camino. Para ganarse el respeto del establishment de Cooperstown, estos peces tienen que escandalizar. Veremos si podemos ayudarlos un poco. Go Maaaarlins!
HORACIO RUIZ
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