Archivos Mensuales: marzo 2012

Vencedores en la fé

(Foto Alex Castro / Tomada del sitio oficial “CubaDebate”)

Aunque algunos sacerdotes y jerarcas católicos pueden contarse entre los más cobardes y despreciables seres humanos de la Creación, la Iglesia Católica es una institución no igualada en cuanto al compromiso que a través de los siglos mantiene con sus valores.

Tras el fracaso de las ideologías y el abandono de las utopías, el ethos cristiano es el último mito sobreviviente de la cultura occidental. No hay otro reducto de valores ni siquiera parecido y, aunque la feligresía sigue desvaneciéndose de las Iglesias por diversas razones más ligadas a la naturaleza humana que a la fé, los 2000 años de vida cristiana no han dejado ni un momento de revolucionar en lo interno a decenas de millones de individuos de todas las razas y todos los entornos.

Es la obra maravillosa de la Iglesia la que nos lleva a admitir que Cristo está vivo en el corazón de los que creen en él. Y su vida no es un mito, es una fuerza que dinamiza a la persona y lo lleva a trascender sus limitaciones en busca de su unión con Dios.

Así vemos como ni los bochornosos e inexcusables escándalos por pederastía, ni el desgate del rito católico que se mira y se siente avejentado, han logrado socavar el prestigio ético y político de los papados.

Eso queda de manifiesto en la visita del Papa Benedicto XVI a Cuba, uno de los países menos católicos del hemisferio, pero sin duda uno de los más importantes para la labor pastoral.

La dictadura socialista cubana desde que fue abandonada por la Unión Soviética hace 20 años ha andado en busca de una salida negociada a su prolongada crisis interna y, desde la visita del Papa Juan Pablo II en 1998 hasta el retorno ahora de su sucesor Benedicto XVI, el castrismo prácticamente ha estado capitulando en cámara lenta ante el trono de Pedro.

Esa es la única forma en que puede obtener una justificación moral a la ruina de la revolución. Además, no existe ninguna otra institución en el mundo capaz de ir hasta los escombros de la utopía socialista, no con aire de victoria, sino que con humildad.

Ese es, en particular, el poder de la mansedumbre del que no tiene miedo y del que ha sido protagonista cimero de la historia, levantándose desde los infiernos de La Inquisición hasta la total propagación por el mundo de la caridad de Jesucristo.

Esta no es la Iglesia que discute sobre el aborto o sobre los anticoceptivos, sobre los homosexuales o la carnalidad, sino que la Iglesia de la Vida, la Iglesia Militante en Cristo.

Aún en medio de las descomposiciones morales más profundas de las sociedades líderes a lo largo de la historia, esta es la Iglesia que ha salido adelante para rescatar el decoro de la especie humana.

Así los papados han enfrentado con éxito, desde las hordas bárbaras que hicieron colapsar al Imperio Romano de Occidente hace más de 1500 años,  hasta el Imperio Soviético que se derrumbó hace 12 años.

Según la biografía en Wikipedia, Fidel Castro, es un deista, no un ateo. El hombre cree en Dios, reconoce el mito, pero no le rinde pleitesía dentro de un espacio que no sea el de su propia conciencia.

Dicen las noticias que el encuentro del Benedicto XVI con Fidel Castro ocurrido este miércoles 28 de marzo se realizó en la Nunciatura de La Habana, se prolongó por media hora y fue cordial. Hasta hablaron de los cambios nuevos en la Liturgia.

Seguramente, a unas pocas cuadras de allí, en el cuartel general la seguridad del estado cubano ya ni siquiera se acuerdan de aquella Iglesia Popular politizada, financiada y fomentada con furia para socavar a El Vaticano.

Los Castro, en el fondo, ahora creen que su temple revolucionario se parece al temple de la Iglesia Católica. Ellos en cierta forma admiran la gran capacidad de Roma para permanecer fiel a sus principios, resistiendo las tentaciones y las calamidades de la naturaleza humana.

¿Y quiénes son esos hermanos Castro si se les compara con el Emperador Constantino I que hace 1700 años se convirtió y reconoció al cristianismo como la fé del mayor de los imperios?

¿Y por qué se razgan los anti comunistas sus vestiduras cuando ven que Benedicto XVI se reúne Fidel Castro? ¿Acaso el Papa Juan Pablo II no fue a la propia celda de Alí Agca para perdonarlo aunque por poco lo mata por encargo de los servicios secretos búlgaros y la KGB?

Lo importante en esta hora es recordar que el verdadero Cristiano no vive en cobardía. El Señor nos llama a andar victoriosos en la fe, nos infiere una actitud proactiva en la lucha espiritual que es nuestro principal distintivo.

Y no tener miedo es, también, no tener prejuicio, no juzgar de antemano; confiar en el valor y la militancia divina del Espíritu Santo.

La peregrinación del Papa a Cuba no es más que eso, un acto de valor cristiano apoyado en la fe de este Sucesor de Pedro, Ratzinger, que está cerca de cumplir 85 años.

En lo personal, no soy un católico muy apegado a El Vaticano. Respeto el rito y los preceptos de mi fe, pero comprendo que hay mucho espacio para las transformaciones.

Sin embargo, las Sandalias del Pescador caminaron hoy con paso firme por La Habana, trayendo un mensaje de esperanza para todos los cubanos y todos los latinoamericanos que viven confundidos o angustiados desde el fracaso de las ideologías, ya sea de derecha o izquierda. HORACIO RUIZ

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El discreto encanto de lo dudoso

 

Creo que uno se vuelve más cínico en Estados Unidos que en otras partes. Muchos inmigrantes provenimos de sociedades más ingenuas y aquí, en la gran nación, se nos revelan con mayor claridad las malicias, las desconfianzas, las incredulidades, la necesidad de no confiar en nadie, etc.

Es como si el imperio fuera un gran monóculo en el que todas las virtudes y los defectos humanos se exhiben, listos a ser hurgados, exprimidos, diseccionados, ya sea con la ley, mediante el periodismo, la hicopresía o el sarcasmo personal.

Ser cínico es un poco como ser cool, dentro de la ideosincracia yanki. Aquí nada debe sorprendernos y el comentario ácido lo llevamos a flor de boca.

También es muy fina la línea que separa el lado altruista de una persona de su lado oscuro o viciado. Por algo aquí se inventó el film noir, o sea, el anti-heroismo de Hollywood.

Yo llegué a Estados Unidos siendo un idealista y  lo sigo siendo, solo que ahora tomo mis precauciones. Hay dos anécdotas que se me ocurre contar para validar mi punto de vista.

Siendo un reportero novato en este país, un día mi editor me incrustró en una patrulla antinarcoticos durante un operativo policial en las barriadas de Miami.

Por varias horas fui testigo y protagonista de acción policial en la calle; numerosos arrestos, celadas policiales, y decomiso de drogas. Me impresionó el olfato de los dos agentes de mi unidad, muchachos jóvenes y bien ágiles que corrían como chitas detrás de los pequeños vendedores de droga, más asustados que violentos.

Pero ya comenzaba a aburrirme dentro de la patrulla, cuando encontré en el piso un par de revistas pornográficas y un paquete de condones.

Cuando los policías regresaron y me preguntaron cómo iba, les dije “aquí leyendo un poco”, mostrándoles los magazines que había descubierto a bordo. Uno de ellos ensayó una disculpa que se tragó la tarde.

–     Bueno, tu sabes, a veces te aburres en este trabajo, tienes que esperar horas y horas,  vaya…

De los preservativos no se habló ni una sola palabra.  Y la verdad es que, aunque no me provocó ninguna solidaridad masculina el haber encontrado aquella parafernalia erótica en el asiento trasero de un vehículo de la ley, preferí darles el beneficio de la duda a aquellos agentes que eran mis anfitriones.

No mucho tiempo después de eso, se me pidió escribir una presentación de un gran periodista que iba a ser postulado para un prestigioso premio de la prensa norteamericana.

Para inspirarme, un ayudante me envió un video en VHS sobre momentos estelares en la vida del prestigioso comunicador.

Después de examinar la cinta mientras tomaba notas, el video siguió rodando y la pantalla comenzó a presentar una película pornográfica sobre sado-masoquismo.

Era una producción, digamos, doméstica, artesanal, hecha por aficionados. Por más que lo intenté, no pude determinar si el periodista famoso era uno de los protagonistas.

Nunca he podido explicarme cómo se cometió el error de enviarme ese video con la imágenes traslapadas de una gran personalidad de los medios de comunicación y actos de sexualidad aberrada.

Tras estas dos experiencias ambiguas con personas buenas pero un poco eclipsadas por las circunstancias, el germen del cinismo norteamericano comenzó a anidar sobre mi idealismo. A decir verdad, nunca he podido sacármelo de encima. HORACIO RUIZ

Les presento al gobernador

Una leyenda genuina del estado de Florida es la del gobernador Lawton Chiles, político invicto y conciliador de todos los microcosmos de la península que en particular es recordado por su caminata de mil millas, desde Pensacola hasta Cayo Hueso, en 1970.

La ruta la cubrió en 91 días, rodeado de periodistas y, al llegar, dijo que lo que más le gustó fue haber visto de cerca la belleza natural del estado.

Tras su hazaña, “Walking Lawton” hizo lo que quiso en la política floridana. Fue congresista en Washington, luego senador federal y, por último, dos veces gobernador de Florida. En su última refriega electoral en 1994 derrotó al republicano Jeb Bush en una elección disputadísima.

Por entonces la delegación congresional de Miami en Tallahassee, la capital estatal, iba in crescendo y el poder político de la comunidad cubano americana se acrecentaba año tras año. Chiles decidió abrir una oficina de relaciones comunitarias en Miami. El diario me envió un par de veces a Tallahassee y nuestro director recibió en su despacho varias veces al gobernador, en donde tuve la oportunidad de entrevistarlo.

Era un americano sonriente, delgado, ligeramente encorvado. Caminaba rápido, como impulsándose con los brazos y siempre te saludaba como si estuviera descubriéndote.

Aquel político demócrata destilaba un aire desenfadado que inspiraba comodidad.

Una vez entré a la Mansión del Gobernador en Tallahassee y no recuerdo qué yo esperaba, sentado en el foyer, cuando Chiles entró por la puerta principal y tras un rápido saludo me invitó a almorzar con otros empleados estatales allí presentes, lo cual agradecí, pero no acepté.

Hay cierta ética que tenemos que guardar los periodistas, a veces con sacrificio, aunque a nadie le importe. Otras veces, en cambio, el albur nos recompensa con naturalidad.

Una noche yo me encontraba en una marisquería de Miami tomando cerveza y cenando patas de cangrejo con un grupo de amigos, cuando el gobernador Chiles y su asesor en Miami, Joe Pena, ingresaron al establecimiento.

Aquel sitio popular, frente al recinto sur de la Universidad Estatal de Florida (FIU), estaba lleno por completo. ¿Qué andaban haciendo aquellos dos animales políticos por esos lados y a esa hora?

Pena me divisó y, agarrando al gobernador del brazo, avanzaron hacia mi mesa. Al verlos venir, me levanté de mi asiento y los esperé con una gran sonrisa hasta que pude extenderles mi mano con simpatía. “Hola, como está, nos volvemos a ver”, me dijo Chiles con toda su sencillez.

Yo por instinto procedí a presentar al Gobernador de Florida a mis compañeros de cena, tres compatriotas nicaragüenses con los  que acostumbraba reunirme después de nuestros trabajos.

En seguida varios meseros llegaron a avisar al Gobernador que ya le tenían lista una mesa. Se lo llevaron mientras Lawton Chiles saludaba agitando las manos a otros presentes que lo iban reconociendo.

Cuando me volví a sentar, mis amigos guardaron silencio.

– ¿¡Qué!?, les dije en tono de reclamo.

No podían creer que el Gobernador de la Florida, uno de los políticos más populares en la historia del estado, había llegado hasta mi mesa en una fonda de un suburbio de Miami, solo para saludarme.

– ¿Ese era Lawton Chiles, maje?, alcanzó a decir uno de ellos.

No dije nada y me limité a reir y tomar un buen trago de cerveza.

Hablaron de mi entre ellos, que yo era un presumido, que no lo podían creer, que dónde lo había conocido, etc. etc.

Yo les expliqué que el “Lawton Caminante” era un personaje especial y que yo tan solo me había cruzado en su camino.

Chiles falleció repentinamente en 1998 cuando hacía ejercicio en el gimansio de su mansión, faltándole solo unos días para terminar su segundo período como gobernador y retirarse con todos los honores. HORACIO RUIZ

Dólares, religión y política

La religión en los asuntos políticos de Estados Unidos recibe un tratamiento tan delicado que a menudo provoca vacíos y desorientación en la opinión pública, como en el actual proceso electoral.

Una encuesta reciente de CBS News y The New York Times indicó que en las primarias del Partido Republicano el ex senador de Pensilvania, Rick Santorum es el precandidato más popular, pero a la vez, una abrumadora mayoría cree que, al final, el designado para enfrentar al presidente Barack Obama en noviembre, será el ex gobernador de Masachusets, Mitt Romney.

La contradicción ocurre cuando se discute por qué Romney no ha logrado consolidarse y sigue enfrentando una fuerte resistencia de sus rivales, pese a superarlos abrumadoramente en el gasto de propaganda.

Un cálculo de Periódicos McClatchy sostiene que en los últimos siete años, Romney, quien fue precandidato en las presidenciales de 2008, ha gastado 200 millones de dólares en proselitismo, incluyendo 45 millones de su propia fortuna.

Para esta campaña electoral, Santorum hasta enero solo había recaudado 6,7 millones frente a 63,6 millones de Romney. El presidente Obama ya lleva más de 120 millones por lo que muchos consideran que Romney es el único republicano que puede retarlo.

Sin embargo, quizás por respeto a la libertad de culto, pocos comentaristas han tocado con profesionalismo el tema de la religión de Romney, quien proviene de una familia con profundas raíces en la Iglesia de Jesucristo y los Santos de los Ultimos Días, conocida como “los Mormones”. No solo él y su esposa han donado millones de dólares a esa iglesia sino que el propio Romney ha sido un pastor activo y de un valor crucial para su progreso en Masachusets.

En Broward, al norte de Miami, un pastor evangélico provocó titulares en la prensa nacional al salir al ataque de la fe de Romey, asegurando que este “debe de renunciar a su religión racista”. El reverendo O’Neal Dozier, que es afroamericano y republicano, también es un abierto simpatizante de Santorum, un católico conservador.

“La Iglesia Mormona se ve como un club campestre de blancos”, aseguró Dozier, quien atribuye preceptos racistas a los fundadores de los mormones.  Tales alegaciones han sido desmentidas por la iglesia basada en Utah.

El ataque contra Romney ocurrió en la víspera de las primarias republicanas en Alabama y Mississippi, a las que Santorum, Romney y el ex presidente de la Cámara de Representantes, Newt Gingrich, llegaron bien parejos en las encuestas.

Sin importar el resultado de esas votaciones en una de las regiones más conservadoras y religiosas del país, lo claro es que mientras se prolongue la batalla por la nominación republicana, las creencias de Romney pueden ser más cuestionadas.

Aunque los mormones se consideran cristianos, su visión difiere mucho del resto de denominaciones inspiradas en Jesucristo. Y, aunque la línea que separa el debate político de las diferencias religiosas en Estados Unidos es sagrada, la tentación de transgredirla bajo las actuales circunstancias es muy grande.

Preocupa que lo relacionado a la fe de Romney sea objeto de un resquemor del electorado republicano que no está recibiendo suficiente atención de parte de la prensa.

A comienzos de febrero, John King de CNN durante la cobertura de los caucus en Nevada se refirió a Romney como “el gobernador mormón”, una definición quizás muy periodística o quizás muy ligera por la que fue criticado.

Lo importante es que en el actual proceso electoral estadounidense el pudor o la hipocresía en torno a los temas religiosos puede estar afectando el poder de decisión del electorado.

Las cadenas televisivas explican con minucias cómo votan los “católicos”, los “evangélicos” los “blancos cristianos renacidos” y hasta han creado una nueva categoria, la de los “cristianos no renacidos”, lo cual no tiene sentido.

En Mississippi, un 52 por ciento de personas encuestadas dijeron creer que el presidente Obama es musulmán y no cristiano, como se da por un hecho. En Alabama, un 41 por ciento dijo no estar seguro sobre la religión del mandatario.

Sin duda que cada quien entiende lo que quiere, pero lo insólito es la falta de atención que estas contradicciones merecen de parte de la prensa.

Así como la falta de conocimiento religioso ha incidido en la cobertura de las guerras en Medio Oriente, también incide en la cobertura de la campaña electoral de Estados Unidos, sobre todo en las primarias republicanas donde la religión es un plato fuerte y la prensa no está preparada para sentarse a la mesa y comérselo. HORACIO RUIZ

Un trofeo de carne

A James Whitman McLamore se le acredita como uno de los empresarios que, con el fast food, transformaron nuestra forma de comer. Cuando lo entrevisté para el periódico, a propósito de una campaña de recaudación para el Fairchild Tropical Garden, me dijo que en parte lo hizo por amor.

¿De qué otra forma un invento tan yanki como la hamburguesería rápida habría venido a parar en Miami? Tuvo que ser por algo especial.

Nancy McLamore, su esposa, fue quien a comienzos de la década de los 50 lo convenció de mudarse a Miami porque el clima le pareció ideal. Cuenta la leyenda que primero abrió un restaurante en el downtown, cerca del puente de Brickell, y que al ver que llegaban muchos clientes, se entusiasmó sólo para enterarse después que Miami era entonces una ciudad de temporada y, durante el verano, se despoblaba.

Pero aquel hombre tenía visión y, después de visitar el primer McDonald en California, se inspiró para crear una línea de ensamblaje que producía hamburguesas cocinadas en parrilla.

Nancy sobrevivió a su esposo. El otro día ví su fotografía cuando festejaban creo que el 45 aniversario del clásico Whopper, la obra maestra de su marido. También por casi 50 años los McLamore vivieron juntos en Coral Gables, hasta que la muerte los separó en 1996.

Las plantas y la jardinería fueron dos de las pasiones de James McLamore. Su entrevista para el diario me dejó un recuerdo especial. Nos citamos en el Fairchild como a las 10 de la mañana. El tema era que la finca había sido devastada por el Huracán Andrew y, como casi todo al sur de Kendall Drive, había que reconstruir.

Fue un compromiso de prensa agradable en un día de primavera en el que recorrimos en un carrito de golf aquel santuario del suroeste de Miami donde se conservan varias especies botánicas en extinción.

La mayor parte de la entrevista tuvo lugar bajo una pérgola de unos 50 metros de largo que mister McLamore había mandado a construir como parte de sus múltiples donaciones al Fairchild.

Cuando él y su compañero en Cornell University, David Edgerton, fundaron Burger King en Miami, en 1954, ya McDonalds estaba cerca de vender su primer millón de hamburguesas, pero la industria de los restaurantes de Estados Unidos reconoce a McLamore como uno de los mercadotécnicos que contribuyó a extener el fast food por el mundo. Yo supongo que para no pocas personas, partidarias de la alimentación sana, mi entrevistado lo que hizo fue extender una verdadera plaga.

Pero, según pude enterarme aquel día, era una persona profundamente comprometida con la naturaleza.

Durante la entrevista permaneció con nosotros un fotógrafo joven del periódico, con fuerte espíritu emprendedor, Mike Garth. Lo que ese día me extrañó de él es que, contrario a su costumbre, después de haber tomado las fotos, no se fue. Se quedó todo el tiempo conmigo.

Al cabo de un buen rato y tras hablar de su vida y la importancia del Fairchild para nuestra comunidad, el empresario inició una despedida amable, diciendo:

–      Bueno, y como después de hablar tanto me imagino que tienen hambre, permítanme invitarles a…

El hombre hizo una pausa para alcanzar su billetera. Mike y yo cruzamos miradas. ¿Sería posible que ese señor rico estuviese a punto de alcanzarnos un par de dólares para mandarnos a comer a alguna parte?

Caímos en un estado de pre indignación que, como McLamore demoraba en concretar su gesto, se nos hizo largo. Recuerdo que hicimios un amago de salida rápida para evitar cualquier humillación. Pero se nos adelantó.

–      Aquí tienen. Nada mejor que esto para saciar un buen apetito, sonrió McLamore, presentándonos dos tarjetas numeradas que decían “Válido por un Whopper gratis” y en letras más pequeñas, “en cualquiera de los 11.220 restaurantes de la cadena Burger King”.

–      Wow, exclamó Mike, que era hijo de un cubano con una estadounidense.

Yo dije lo mismo solo que en español y salimos caminando contentos del Fairchild Tropical Garden, acompañados por su generoso Mecenas. De pronto Mike paró y quedó viendo con cierta duda al padre del Whopper.

– Podría usted ser tan amable de poner su firma en las tarjetas, le pidió.

McLamore reaccionó divertido y sin ninguna prisa caligrafió dos bonitas firmas en nuestros cupones. En aquel momento, lo que me impresionó fue la audacia y la velocidad de Mike. Genial. En lugar de irnos a comer el sandwich ahora guardaríamos aquel cupón como un un trofeo. Qué buena cabeza la del muchacho y qué bueno que se quedó para toda la entrevista.

Con el correr del tiempo, un día tuve la idea de buscar en eBay si existía a la venta o en subasta un objeto como ese.  Encontré uno parecido. Una botella de ocho onzas de perfume, autografiado por un diseñador famoso que se remató en el 2006 por $1.750 dólares.

Claro que aquel perfume y mi hamburguesa son dos olores diferentes, pero estoy convencido que mi cupón llegará a valer más que eso. Medio en broma, medio en serio, se lo tengo prometido a mi hijo como parte de su herencia, junto a un autógrafo de Muhammad Alí.

A veces me imagino que en un arrebato de locura y de hambre entro a redimir mi cupón en cualquier Burger King. Sería como comerme un poco de la historia de Miami y, mejor, prefiero tratar de conservarlo para siempre. HORACIO RUIZ

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Americanos de París

El éxito de la película “The Artist” sugiere en buena medida que la apreciación en Francia por la cultura popular estadounidense ha alcanzado tal madurez que ya no importa que una obra de arte, vitalmente francesa, sea confundida en el mundo por un producto americano.

Los cinco Oscar de la película dirigida por Michel Hazanavicius se celebraron con sentimiento patriótico en París, siendo la confirmación de una sospecha: la cinematografía francesa profesa tanta fascinación por Hollywood que es capaz de transmutarse

“The Artist”, sin traducción al francés, se filmó por completo en Los Ángeles, pero en todo lo demás es un tributo sentimental, bien calculado, del cine de Francia al gran cine capitalista que lo obsesiona. Ya no puede ocultarse.

Hace 30 años, la sola idea de una producción francesa con título en inglés hubiera sido considerada como una aberración. Entonces se protestaba con violencia hasta por la presencia de McDonald’s en Champs Elysees.

Quizás no sea un punto definitivo o crucial en la historia del cine, pero sí “The Artist” es la reconciliación madura entre dos cines nacionales que durante más de un siglo han sostenido una relación especial. Desde la época de Meliés y Griffith.

Yo me inicié en el cine francés con “La Nuit Americaine” (1972) de Truffaut, un melodrama que presta el título a una técnica que permite filmar de día como si fuese de noche y que se trataba también, como “The Artist”, sobre la interioridad de los artistas de cine.

Siempre la capacidad de introspección del cine francés ha provocado al cine norteamericano que, en síntesis, se mantiene a la vanguardia de la narrativa. También, mega producciones como “Piratas del Caribe” provocan hordas en los cines de Francia.

El filme de Hazanavicius es un homenaje a muchas influencias estructurales en la historia del cine, pero sin caer en formalidades o artificios, sino que, a través de una historia básica, la de un amor amenazado por el silencio.

La película muestra el auto aprisionamiento de un galán egocéntrico del cine mudo que, por orgullo, evade hasta el borde de la muerte la promesa del verdadero amor. Asistimos al trauma de las nuevas tecnologías, la resistencia al cambio desde las profundidades del ego y la negación de las emociones por no poder lidiar con ellas.

Queda planteado entonces el fracaso de los sentimientos ante la aplastante realidad del mundo externo… Hasta la escena final.

“The Artist” se filmó en color y se editó finalmente en blanco y negro. Fue una precaución, por si acaso no gustaba. No es una película enteramente muda y, a un costo de 15 millones de dólares, no puede catalogarse como cara, pero tampoco como barata.

Sin duda fue una apuesta de productores osados, pero el riesgo también venía calculado y la distribución de la película se planeó a la perfección. Debutó en Cannes en mayo de 2011 y en el Festival de Cine Americano de Deville, en septiembre. Solo tuvo una premiere limitada en Estados Unidos hasta en noviembre. Primero se presentó en los cines de Lituania y Corea del Sur, antes que en los estadounidenses.

Yo la ví en matiné a comienzos de marzo, en una segunda ronda de exhibiciones tras los Oscar.

La secuencia final es una de esas escenas que uno nunca pudo haber imaginado. La pareja resuelve su entuerto, encuentra su energía, con un baile al estilo de Fred Astaire y Ginger Rogers. Es la apoteosis del optimismo americano, no a cargo de Fred y Ginger, a los que crecimos viendo con fascinación, sino que de Jean DuJardin y Berenice Bejo.

No imitan, los encarnan, se transmutan en ellos y en alta definición, con un aspecto tan fresco que cuesta creer en el paso de los años. Asistimos al presente de una leyenda, a la disección de un mito.

Así queda sellada para siempre la paz entre la introspección y el gran espectáculo. Entre el cine de Robert Bresson y el de Frank Capra. HORACIO RUIZ

Mi niño en el otro lado

Un día mientras hojeaba el periódico de la competencia, me tropecé con una foto de mi hijo de dos años y medio, arrodillado y bien concentrado frente a una máquina de escribir. El título sobre la leyenda era: “Futuros Periodistas”. No decía mucho. Tan solo hablaba de la nuevas generaciones que desde corta edad se preparaban para el relevo, etc.

Era “una foto de relleno”, de esas que los editores sacan de cualquier parte para cubrir determinado espacio en una página. Yo no detecté ofensa en la foto aunque sí un atrevimiento.

Fuera como fuese, me propuese determinar cómo aquella imagen de mi ser más preciado había ido a parar en la sala de Redacción del diario enemigo.

Y digo enemigo sin exagerar. En aquel entonces se moría a diario en mi país a causa de la confrontación política que lo abarcaba todo; el diario donde yo trabajaba era opositor y, el otro, en donde había aparecido retratado misteriosamente mi bebé, era oficialista. De este lado estábamos los “vende patria” y, en el otro, los “hijos de la revolución”.

El conflicto de ideas en el periodismo puede ser más ideológico que personal, pero en países subdesarrollados eso basta para desatar campañas de acoso, provocar el encarcelamiento, las golpizas y hasta la muerte.

Aquella foto de mi hijo manipulada por desconocidos la sentí como un desajuste de la realidad, a tono con la situación irreal que vivía el país. El descalabro de la sociedad en que vivíamos nos estaba trepando como una hiedra venenosa.

La estrategia que seguí en busca de la verdad fue sencilla. Por varios días, al final de cada jornada, fuí a tomar cerveza con cada uno de los fotógrafos del diario. Quería sondearlos para ver si transparentaban algo sobre la foto de mi primogénito traspasada al adversario. Pronto la lista de sospechosos se redujo a dos personas.

Mientras tanto, mi esposa, quizás más intrigada que yo, optó por una indagación más directa. Llamó al diario de la competencia, y fue puesta al habla con el supuesto autor de la fotografía que le dijo lo siguiente.

Aquel niño mecanógrafo no era su Horacito sino que el hijo de uno de su colegas que en ese momento no estaba allí. La criatura tenía el gracioso y combativo nombre de “Tupac Amaru”.

Pero era Horacito, sin duda. Su ropa y las botas que yo mismo le acababa de comprar lo comprobaban. Por lo visto lo habían retratado un día que lo llevé al periódico para mostrarlo y lo dejé con unas compañeras por un rato. Todo eso estaba claro, pero ¿quién había tomado aquella foto y cómo la habían hecho llegar al otro diario?

En eso estaba cuando se vino encima una conmoción más grande.

Mi amigo y compañero de andanzas por varios años, un joven apreciado y querido por todos en el periódico, fue despedido en el acto al quedar comprobado que también trabajaba para la seguridad del estado, espiándonos.

El propio director, conociendo lo cercano que éramos, me llamó para darme algunos detalles del caso.

Armando no dió la cara. Ni lo volví a ver en persona, solo por televisión porque todavía ahora, más de 25 años después, sigue siendo un adalid de la revolución.

No dejé de estimarlo, porque más que en las traiciones creo en la amistad. Los motivos ulteriores de una persona no tienen nada que ver con su capacidad afectiva. La ambiguedad no está en mi lista de pecados, es un defecto de fábrica de los seres humanos. Hasta los dioses de la antiguedad eran ambiguos; nobles y mezquinos, según la circunstancia.

Pero a partir de entonces, la vida se nos hizo más frágil y los hechos se sucedieron con rapidez. El gobierno clausuró el periódico y los empleados salimos en desbandada.

Nunca terminé de dilucidar el misterio de la foto de mi hijo, pero finalmente el muchacho, aunque estuvo a punto de serlo, al final no fue periodista como su abuelo y su padre.

El relevo generacional del periodismo no ocurrió en este caso y los diarios rivales de entonces hace tiempo que pusieron a un lado sus diferencias. HORACIO RUIZ

Periodistas de primera

Fue en el verano de 1996 cuando mi editor, al que guardo mucho cariño por su caballerosidad, me pidió que fuera a Londres a realizar una cobertura especial que, más bien, era un premio a mi dedicación diaria en el periódico.

American Airlines inauguraba la ruta Miami-Heathrow y había invitado a una conferencia de prensa de su presidente, Robert Crandall, una leyenda en carne y hueso de la aviación comercial.

Serían cinco días y cuatro noches. Un tour para columnistas de turismo y hotelería en el que yo sería la excepción. Mi especialidad, en realidad, era otro tipo de turismo: los inmigrantes en Miami.

En el avión conocí a una compañera de viaje que se sentó a mi lado. Era una muchacha judía, Dolores Haptman, muy bien parecida, columnista de una de esas revistas que se editan en papel lustroso en Miami Beach cuyos avisos suelen ser más entretenidos que sus artículos.

El primer día en Londres fue rápido y atareado. Al mediodía nos encontramos con Mr. Crandall, quien me causó grata impresión. Me convenció que Miami-Heathrow era una ruta fascinante, preconizadora de una bonanza sin precedente de la industria; la alborada de una nueva era de viajes que obligaría a construir aviones más grandes, eficientes y mejores. Así lo hice saber en mi nota para el periódico.

La jornada terminó con una cena en nuestro hotel, el Saint James Court, a corta distancia de Buckingham Palace, en donde sufrí un traspie.

Se discutía a mi alrededor sobre quesos franceses y, como llevaba varios minutos sin hablar, dije algo, no recuerdo qué. Entonces una señora de origen asiático enfiló sus cañones y me acusó de no tener ni idea de lo que acababa de decir. Me defendí a como pude, pero perdí la discusión.

No estaba en mi ambiente entre aquellos colegas aburguesados y cebados de tanto viajar por el mundo con los gastos pagados. Los dos días siguientes no volví a ver a nadie del grupo.

Decidí caminar solo con mi sombra, vagar sin cansancio por Londres, como un judío errante, es decir, como un paisano de Dolores Haptman, invitado por Mr. Robert Crandall a deambular perennemente por la capital británica en nombre de la aviación.

Merodié por Wimbledom, fuí en busca del teatro original de Shakespeare y me regalé un almuerzo costoso en Harrod’s. Otro día almorcé dos pintas con un sandwich de pastrami y fui a leer un tabloide sobre el pasto de Hyde Park, donde también dormí una buena siesta, rodeado de oficinistas londinenses en receso. Fue un tiempo grato, amable y distendido con mi mismo.

El domingo a las seis de la mañana, Dolores me despertó con una llamada a mi habitación. Sonaba apurada y contrariada. Me necesitaba para remplazar a alguien que se había enfermado y no podría ir en la excursión a Stonehenge.

Necesitaban cubrir la vacante rápido y, al parecer, yo era una opción desesperada. Pagué $75 dólares y me monté en un tren con un grupo de personas somnolientas hacia las ruinas místicas de los Druidas. Dolores era la organizadora de la gira y, como me enteré después, recibió una comisión de parte de los guías. A la hora del almuerzo, ella no pidió nada. Nos acompañó con un sandwich de jamón y queso y una lata de soda que sacó de su cartera.

Al día siguiente volveríamos a Miami. Llegué al aeropuerto temprano y, en el mostrador una señora me recibió con felicitaciones.

– Señor Ruiz, usted viajará en primera clase. Su jefe nos ha pedido hacerle un upgrade y, por hoy, podemos hacerlo.

Al rato apareció Dolores. Se registró y se sentó a mi lado. Le dije que yo iría en primera clase y, de un salto, se estiró todo lo alto que era sobre el piso. Me arrebató el boleto de las manos y se dirigió al mostrador. La escuché agitarse.

– Él y yo venimos en el mismo viaje. No veo por qué no podemos regresar juntos, si usted misma dice que hay espacio…

Habló tanto y tan rápido a la pobre representante de American Airlines que, supongo, la hastió y terminó dándole lo que pedía.

La muchacha volvió hacia mi con una sonrisa de campeona olimpica, de satisfacción femenina, geneticamente felina, como una princesa fenicia, acostumbrada a sonsacar.

Le tuve respeto. Quizás la revista para la que trabajaba no lo merecía, pero ella sí.

Pasamos siete horas y media de risas y excesos. Ella pedía y pedía, coqueteaba con el sobrecargo, me sonreía cómplice, me cerraba un ojo, pedía más almohadas. Guardaba  todo lo que podía en su cartera. Fingía que dormía con la venda sobre los ojos, pero en seguida despertaba y seguía pidiendo. También pedía para mi. Venía feliz.

Hablamos de todo, como periodistas parlanchines, como  extraños unidos por una extravagancia de unas horas. Cuanto aterrizamos y salimos a la calle en busca de taxis, ya cerca de despedirnos, la noté preocupada.

–      ¿Algún problema?, le dije.

–      ¿Podrías prestarme 10 dólares para el shuttle? Te los envío en un sobre por correo hoy mismo, respondió.

Le extendí con gusto el billete y nos despedimos como amigos. Viéndola alejarse sentí que por primera vez había conocido a alguien que de verdad consigue lo que quiere. Yo, en cambio, solo sobrevivo por mi suerte.

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