Archivos Mensuales: mayo 2012

Hasta nunca, comandante

Hay que resistir a la tentación de despotricar frente a un muerto. No es por escrúpulo o moral, sino que por respeto a cualquier vestigio de civilización que hayamos logrado conservar en nuestro entendimiento. Es mejor que reflexionemos, nos vamos a sentir mejor.

Tomás Borge Martínez presidió en vida uno de los aparatos represivos más terribles en la historia moderna de Latinoamérica, pero ahora está muerto. Falleció a los 81 años en el Hospital Militar de Managua tras una intervención quirúrgica.

Era un hombre pequeño, de apariencia un tanto oriental, poseído desde su juventud por un espíritu de rebeldía contra la dictadura de la familia Somoza que, en 1979, a la edad de 49 años, lo llevó al poder, al más absoluto de los poderes, en los primeros rangos de la revolución sandinista.

Allí, en la cima de ese absolutismo, Tomasito, como le decía el pueblo, se convirtió en una figura dicharachera que alternaba una mediana ilustración con un apetito ciego de sangre y venganza. Fue el Sandinista furibundo, el Marat que incendiaba al populacho nicaragüense, sin importarle ninguna consecuencia.

A la entrada del edificio de su Ministerio del Interior se leía una leyenda tan ambigua como escalofriante, típica de su cosecha: “Centinela de la Alegría del Pueblo” y, cuando un comando de mercenarios extranjeros asesinó a Anastasio Somoza Debayle en Paraguay, corrió a decretar la fecha como “Día de la Alegría del Pueblo”.

En realidad, la fiesta de la muerte en nombre de una revolución que hundió en la miseria a Nicaragua es el gran legado de este personaje al que sus seguidores definen como histórico, pero que en realidad a duras penas llega a la periferia de esa historia grande del gran pueblo en envoltorio de país pequeño que somos los nicaragüenses.

Sin duda, Borge inspiró a muchos jóvenes que dieron su vida por los ideales de la revolución, pero en realidad esos mártires solo se sacrificaron para defender una rebatiña tropical de la que surgió una nueva casta enriquecida y potentada, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que aún sigue reinando.

Un afán marxista leninista dio esteroides a aquellos personajes. Borge en su clímax ideológico parafraseaba al Che Guevara y preconizaba en Nicaragua la formación del protohombre, del hombre nuevo desde la visión ética de Hegel que nada tenía que ver con nuestro país. El sandinismo en el poder fue, en realidad, ridiculamente hegelniano.

Borge se convirtió en el luchador anti somocista ensoberbecido por un sabor de filosofía que no estudió bien, como sucedió con todos, aún con los más educados de los jerarcas sandinistas que nunca pasaron de ser caciques enchichados balbuceando ideologías. No tenían fondo, siempre fueron mamparas bien publicitadas de la prensa mundial.

Entonces, más bien digamos, que quien en vida fuera el Comandante Tomás Borge Martínez fue una verdadera tragedia nicaragüense. Un niño pobre de Matagalpa que sometió su gran voluntad, su terquedad indígena, a los caprichos de un designio nefasto; la cola de la revolución cubana, el repris de Fidel Castro, lo nauseabundo del Cartel de Medellín, la charada del anti yankismo latinoamericano que no hubiera merecido ni una sola vida nicaragüense.

En fin, qué en paz descance el comandante Borge y que en Dios encuentre un poco de la misericordia que en vida el negó  a generaciones enteras del pueblo de Nicaragua. Yo no lo juzgo, solo tengo en cuenta sus intenciones. Sé que sufrió cárcel, torturas y persecuciones, pero él pagó con la misma moneda y con creces.

Solo le pido a Dios que Nicaragua pueda algún día desembarazarse por completo de su legado acomplejado.

 

Anuncios
Anuncios