Archivos Mensuales: junio 2012

El Lebron que llevamos dentro

0218_large

No se puede intelectualizar al deporte. Cada vez que tratamos de hacerlo, desvirtuamos su naturaleza; baste con decir que es una vocación íntima del ser humano a la que muchos, en muchas partes, han convertido en un negocio a veces indecente.

Pero, indiscreciones aparte, el lunes desfiló victorioso por el centro de Miami el gran Lebron James, alma del equipo Miami Heat, campeón de la liga de baloncesto profesional de Estados Unidos, la NBA, que es quizás la federación deportiva más poderosa del mundo.

Solo para ponerlo en perspectiva, en julio próximo, 204 países o territorios enviarán atletas a los Juegos Olímpicos de Londres, pero la final de la NBA, en la que Miami derrotó a los Thunders de Oklahoma City, la vieron por televisión en 215 países o territorios. El comisionado de la liga, David Stern, cree probable que en los próximos 10 años se pueda contar con una división de cinco equipos en Europa.

Hace cuatro años, de visita en Pekín, ví con asombro como un poster gigante de Dwayne Wade y Shaquille O’Neal, campeones con el Heat en el 2006, cubría una de las fachadas de la arena de la ciudad.

Pero sobre lo que quiero dejar constancia en este blog, es lo curioso que resulta cómo uno viene a dar en la vida con algo como Lebron James.

Mi familia se estableció en Miami en 1988, el año que comenzó el calor del Miami Heat. La primera temporada fue deprimente, el peor récord en la historia de la NBA. Paliza tras paliza, descepción tran descepción.

Pero, pese a todo, el Heat me hacía muy feliz. Era como un bebé que tenía que empezar a andar y al que me ilusionaba ver progresar, paso a paso.

Como muchos inmigrantes, trabajaba muy duro para sostener a mi familia y frente al televisor aquel equipo bisoño era una franca diversión al final de mis largas jornadas laborales.

Digamos que me ganaba duramente el pan pero tenía un buen circo en casa, con un equipo local perdedor que, sin embargo, podía sentir mío y con el cual podíamos lamernos las heridas en confianza.

Vino el primer viaje a los playoff en 1991 y, dos años después, el primer récord ganador en una temporada 42-40. En 1995, contrataron al legendario coach Pat Riley, quien armó un nuevo conjunto en torno a Alonzo Morning. En 1996, ganamos por primera vez el título de la Conferencia Este y alcanzamos la segunda ronda del playoff. En 1999 obtuvimos el mejor récord del Atlántico.

Y así evolucionó el equipo, hasta que llegó Dwayne Wade en el 2003 y, al año siguiente, Shaquille, quien apenas desembarcó en Miami nos prometió un campeonato para esa misma temporada. No pudo cumplir su promesa hasta un año después, en el 2006.

El resto ya se sabe. Para el 2011 aparecieron los Tres Kings (James, Wade y Bosch) que, en una inaudita sesión de rap deportivo, pregonaron al mundo que silenciarían a todos sus rivales y que conquistarían cinco, seis, siete… no se cuántos campeonatos.

Por primera vez desconocí a mi equipo. Sentí como si después de estar casado por años con una humilde y virtuosa muchacha, me hubiese despertado al lado de una vieja repellada y prepotente.

El resto de Estados Unidos nos odiaba y con razón. Al final, los Mavericks de Dallas, con la eficiencia y humildad del alemán Dirk Nowitzki, hizo colapsar al equipo de Miami enredado en su grandeza.  Y justo allí es donde comenzó la historia de la coronación en el 2012.

La temporada de la NBA este año nos hizo vivir algo más allá del deporte. Nunca antes yo había visto a alguien querer algo tanto y esforzarse por ello hasta lo sobrehumano como Lebron James.

¿Mitológico?, muy probablemente.

¿Conmovedor?, sin duda.

James se entregó a la búsqueda del Trofeo Walter A. Brown de la NBA con una determinación épica igual a la de Frodo en Lord of the Rings. Fue épico y lírico.

Llegó a un punto en el que su voluntad y espíritu tuvieron que unirse para resolver su dilema. Recordemos que este es un atleta que, a los 16 años, siendo un prodigio del baloncesto colegial en Akron, Ohio, la revista Sports Illustrated‘ le dedicó una portada con el título: “The Chosen One” (El Escogido).

¿Lograría entonces esa fuerza de la naturaleza tomar el lugar que le estaba pre destinado, o sería para siempre otro rey sin corona más?

Lebron James logró la meta superior de su vida, no derrotando a sus rivales o a una opinion pública desfavorable sino que, sobre todo, superándose a sí mismo, rebasando las propias cumbres borrascosas de su ego.

Eso me conmueve, me impulsa a intelectualizar actitudes y emociones, pero al final prefiero dejar en paz al deporte, esa actitud íntima de nosotros los seres humanos que, como al sexo, a veces nosotros mismos prostituimos.

Anuncios

Periodismo e inocencia

Me hallaba en la icónica sala de prensa de la Casa Blanca trabajando en la cobertura de la firma o promulgación de la Ley Helms Burton por parte del presidente Bill Clinton, cuando de pronto me sobrevino una imperiosa necesidad de aliviar mi vejiga.

Hice lo propio, buscar un baño cerca, aunque consciente de que me encontraba en un sitio un poco delicado o incómodo en el que por nada del mundo quería llamar la atención.

Con prudencia y hasta respeto caminé hacia la parte frontal del pequeño teatro dispuesto para las conferencias de prensa, pasé frente al podio desde donde se les habla a los periodistas  y que tiene de trasfondo un telón y una Casa Blanca pintada dentro de un marco ovalado, y crucé con decisión y urgencia a través de un pequeño pasillo bien iluminado.

Era marzo de 1996. Solo unos días antes dos cazabombarderos cubanos, un Mig-29 y un Mig-23, habían derribado a dos avionetas civiles de exiliados cubanos, completamente desarmados, sobre el Estrecho de la Florida.

Nunca antes en la historia del Hemisferio Occidental, con excepción de la batalla por las Islas Malvinas en 1982, se había registrado el accionar de armas tan letales. El presidente Bill Clinton, su gobierno y el Estado estadoundiense en general reaccionaron con la aprobación rápida de la ley que endurecía el embargo económico al régimen comunista de La Habana y que, hasta hoy, sigue definiendo en buena medida las relaciones entre ambos países. La verdad, para mi, el presidente falló entonces al no haber ordenado de inmediato una misión de castigo militar al régimen cubano. Después de eso hubieran venido las sanciones políticas y económicas.

Porque no se aniquila a civiles estadounidenses en el aire como a patos en una cacería, ni mucho menos con una tecnología militar diseñada unicamente para grandes conflictos. Bueno, en fin, quizás ya el mundo olvidó aquella barbaridad (yo no) pero, sin duda, la Fuerza Aérea Revolucionaria de Cuba (FARC) mantiene desde aquella acción el título de la fuerza aérea más cobarde del mundo.

El asunto es que, sin quererlo, ingresé en la oficina del secretario de Prensa de Estados Unidos. Una señora amable me salió al paso y, gentilmente, me dirigió a un lavabo en donde pude calmar mi urgencia y recobrar la claridad de mi pensamiento.

Si se toma un mapa del Ala Oeste de la Casa Blanca se puede comprender mejor lo que me sucedió a continuación.

Las oficinas del equipo de prensa están justamente frente al Salón de Reuniones del Gabinete presidencial y, adyacentes hacia el sur le siguen la oficina del secretario o secretaria del presidente y la famosa Oficina Oval, reducto histórico del mandatario del imperio.

Decidí no volver por el mismo camino que había llegado. Miré una puerta en claro hacia un amplio pasillo soleado que, noté, también me podía conducir de vuelta al teatrito para la prensa.

Cruce la puerta y salí al corredor al que llaman West Colonnade que bordea el Jardín de las Rosas y allí mismo ví que iban, de espaldas, probablente hacia la Oficina Oval, el presidente Bill Clinton y su secretario de Administración y Presupuesto, Leon Panetta.

Venían conversando y ambos miraban hacia el suelo, como concentrados en sus palabras. Llegue a estar a unos cinco metros de ellos, hasta que un policía, sí un policía regular, no un agente de seguridad o algo parecido me alcanzó y me dijo entre sorprendido y enérgico:

– No se supone que usted esté aquí.

Entonces tuve que regresar justo por donde había llegado, pero el hecho de haber estado tan cerca del presidente que, seguramente venía caminando desde su residencia, me dejó un poco impresionado.

Qué fragil era la seguridad del hombre más poderoso del mundo, como se le llama a menudo en la prensa al inquilino de la Casa Blanca. Tanta fragilidad me hizo consciente de mi intrusión y eso me provocó cierto desasociego.

El cuento lo conté a parientes y amistades, pero me sobrevino con fuerza cinco años después, tras los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001.

Ese día, dicen, Estados Unidos perdió su inocencia. Pero ya la había perdido antes, cuando renunció Richard Nixon por Watergate y, más atrás, cuando mataron a John F. Kennedy y, también mucho antes, cuando el ataque a Pearl Harbor. En fin, quizás Estados Unidos tenga más inocencias que perder, pero ojalá que ya no sea en mi tiempo.

Lo cierto es que fue Nixon el presidente que mandó a construir el escenario para la prensa en el Ala Oeste de la Casa Blanca.

En realidad, ante el crecimiento del contingente periodístico y en especial de la televisión, Nixon ordenó construir una área para la prensa o comunicación social sobre una espectacular piscina bajo techo que en 1933 le fue obsequiada al presidente Franklin Delano Roosvelt por la organización contra la poliomielitis, March of Dimes.

Esta piscina aún existe, curiosamente, justo debajo del escenario donde se realizan las conferencias de prensa del portavoz presidencial.

Lo cierto es que los nuevos salones para el periodismo se inauguraron en 1970 y, solo cuatro años después, Nixon fue expulsado de la presidencia, precisamente por esa misma prensa a la que él abrio las puertas de su casa, pero que no estuvo dispuesta a dejar pasar sus mentiras y lo acorraló hasta hacerlo derramar sus lágrimas más amargas.

En serio, creo honestamente que no hay que dejar de pedirle a Dios por la prensa de Estados Unidos.

Jamás como tu padre

Haciendo guardia a mi papá durante una presentación en la Universidad de León, circa 1970.

Un día llegué a cubrir una actividad política o social, no recuerdo bien, de la comunidad nicaragüense en un restaurante de Miami, cuando un querido viejo periodista, que estaba sentado con otros colegas en una mesa cerca de la entrada, me llamó con voz alta y, en un claro deseo de llamar la atención, me gritó:

– ¡Vos nunca llegarás a ser como tu padre, sabelo!

Sonrojado por aquella repentina increpación, vaticinio, advertencia o signo de reprobación, traté de sonreir y fui directamente a saludar al viejo maestro reporteril, consciente de los gestos irónicos y la chanza del grupete de fogueados periodistas que se compartían con él.  Entonces Monty, quizás envalentonado por el éxito de su comentario, se puso de pie y, señalándome con el dedo, prosiguió con su escarnio.

–  ¡Tu padre era un hombre del pueblo; vos te la querés dar, no jodás!

Comprendí que había un auténtico resentimiento en aquella increpación pública de mi mentor que en seguida la interpreté como un ajuste de cuentas por alguna pleitesía que no llegué a rendirle o por algo que escribí que no le gustó, pero la impresión que tuve es que, aunque estaba tratando de hacerme añicos en aquella reunioncita, Monty también hablaba bien de mi papá y, por lo tanto, su afrenta era pasable.

Siempre vertí con gusto mi respeto por aquel viejo cascarrabias y necio. Allá por diciembre de 1981, mi padre le pidió como un favor que me enseñara cómo había que recorrer, paliar, remover o explorar las desventuradas calles de Managua en busca de noticias. Mi mentor, el mejor de Nicaragua en esas lides, me enseñó a encausar mi curiosidad, a ser peserseverante, a cultivar las fuentes, a saber lo que era o podría ser una mordida, un soborno, o la diferencia entre una advertencia peligrosa y una inofensiva; a echarme tragos con personas claves, a poner a prueba mi persistencia, a dejar la timidez a un lado con tal de conseguir una buena información. Sobre todo, gracias a él, añadí un instinto de sahueso a mi inteligencia y pude hacerme periodista sin tener que ir a la universidad. Claro, con el perdón de los periodistas y las universidades.

– ¡Ajá, Horacito, te molesta que te diga la verdad!, prosiguió diciendo mi inquisidor.

Así, de pié, bajo un tragaluz en aquel restaurante lleno de miradas sardónicas e impúdicas que él había fomentado, el viejo maestro parecía un gorila.  Bajito, requeneto, la nariz chata por su afición a las peleas durante su juventud, piel curtidísima, ojos chiquitos y chispeantes, el epitome del reportero insigne del periodismo nicaragüense. No tomaba licor, ni fumaba. Había dejado de hacerlo hace muchos años. Era sólido aquel hombre; el profesor, el escritor, la máquina de producir noticias que, junto a mi papá, me formó. Si mi padre fue un 80% de la influencia que me caló como periodista, Monty fue el 20% restante. Frente a él, frenado sobre mis pies en aquel restaurante nicaragüense de Miami, alcancé a responderle.

– No hay problema, maestro Monty, cada quien es cada quien. ¿Cómo está usted? Qué bueno que lo puedo ver.

El hombre medio apaciguado entonces se sentó y, cuando logré llegar hasta él aceptó mi mano, pero con desinterés, viendo para otro lado, como buscando algo mejor que hacer que saludarme.  La atención y las risitas de la gente se disiparon como polvo en el viento. Sin mirarme ni un instante, Monty asintió con la cabeza a un par de amabilidades que le dirigí y, luego, me despedí  de él y fui a buscar lo que necesitaba para escribir mi informe sobre aquel acto de la comunidad nicaragüense en Miami.

Este episodio lo recuerdo porque fue la última vez que vi a Monty y, también, porque pienso que aunque es duro que a uno lo comparen o lo midan con la vara o el legado, o el recuerdo, la fortuna o el talento de un padre, también es agradable que la gente, de cualquier generación que sea, recuerde con fervor, admiración, aprecio o cariño a nuestro progenitor. Simplemente, nos honra.

En cierta ocasión, cuando mi padre hablaba conmigo de su herencia, de las pertenencias que desaba compartir con sus hijos al morir, yo aproveché para decirle que conmigo todo estaba bien, que me sentía heredado en vida con su oficio, con la cordura y la locura con la que me había enseñado el periodismo y que, en síntesis, todo lo demás era tangible y, por lo tanto, no cabía en aquel tesoro que ya atesoraba y que, en realidad, tenía más peso en mi conciencia que cualquier otra cosa que me pudiese dar.

El exabrupto de Monty en aquel restaurante nicaragüense de Miami me quedó grabado, se lo he contado muchas veces a mi papá difunto, en secreto, y él siempre se ríe, no se si de mi o de Monty o, de ambos, pero sí que disfruta mucho de aquella ridiculez.

Anuncios