El canal de Nicaragua: una estrella al final del agujero

 

Nicaragua_canal

Por Horacio Ruiz Pavón

Erramos con frecuencia al analizar proyecto chino para construir un canal interoceánico en Nicaragua porque en muchas instancias seguimos pensando en los términos geopolíticos de hace 40 años.

China ya no es la gran potencia de la barbarie comunista y desde 1982 el Chairman Deng Xiaoping instauró una economía de mercado que reina en el mundo y, por lo tanto, desde el punto de vista del intercambio económico y financiero es el principal aliado estratégico de Estados Unidos.

“Los Estados Unidos no busca la contención de China”, afirmó el secretario de Estado John Kerry hace solo unos días en la Sexta Reunión Anual del Diálogo Estratégico entre ambos países en Pekín.

Kerry firmó acuerdos de cooperación con China en 300 áreas. Pekín ha prometido una gran apertura a las exportaciones de Occidente para el 2015 y Washignton espera el momento con ansia.

Se trata de una relación bilateral extremadamente compleja, con grandes contradicciones y temas de fricción muy fuertes como el ambiente, la flagrante y constante violación de los derechos humanos del estado chino, las rutas de tráfico marítimo, etc. Pero algo es bien claro entre los dos colosos, lo que menos desea China es que la economía estadounidense se vaya a pique. También sufriría. Por ejemplo, China tiene $1.300 millones de millones invertidos en bonos del tesoro estadounidense. (Solo con eso podría constuir tres canales en Nicaragua).

Las campañas militares de EE.UU. en Medio Oriente han sido posible en gran parte por la masiva inversión china en la salud financiera de Norteamérica. No existe antedecente de un traspaso de riqueza de una nación a otra como este.

Otro tema es Rusia y los instintos neo imperiales de Vladimir Putin. Se menciona que los rusos quieren participar en el proyecto nicaragüense y, de hecho, Putin, recientemente paró en Managua un par de horas, en ruta hacia Sudamérica, para hablar sobre este tema y otros asuntos de cooperación, en un hecho que muestra el fundamento de su política exterior; la improvisación.

El mensaje es que Nicaragua está de vuelta en la geopolítica mundial y, fantasía o realidad, el canal y su posición geográfica es otra vez su carta de presentación.

A diferencia del pasado, ahora a EE.UU., Rusia y China los une una preocupación por el terrorismo islámico y otros tipos de conflictos irregulares que han hecho mella en el mundo moderno, como el narcotráfico, la piratería, las fuerzas de paz o el control de armas de destrucción masiva.

Ucrania, Siria, Afganistán, Irán e Irak, Corea del Norte, son escenarios del ajedrez mundial en el que las tres potencias tienen fichas. La diferencia es una: China, aunque es un poder en el comercio, no tiene una flota de guerra a la par. De hecho y con perdón del Dalai Lama, el expansionismo global chino siempre ha sido predominantemente ideológico, no militar. Es un gigante confinado a su esfera de influencia natural y, más bien, ha sufrido en carne propia la patanería del imperialismo.

Pero hoy ninguna otra potencia mundial está en la capacidad de emprender una obra de las dimensiones del canal en Nicaragua.

La Corporación Estatal de Construcciones de China es el principal contratista de obras de ingeniería en el mundo, según la revista International Construction. Otras fuentes otorgan el título a la Corporación Ferrocarrilera China. El país también produce más de la mitad de todo el cemento que se consume en la Tierra.

Su obra maestra es la represa hidroeléctrica Tres Gargantas en el río Yangtse, el portento que más se asemeja a lo que sería la construcción del canal en Nicaragua. Su costo anduvo por los 30.000 millones de dólares y los ingenieros enfrentaron obstáculos derivados de la actividad sísmica, algo de lo que seguramente tendrían que ocuparse en el litoral nicaragüense del Océano Pacífico.

A manera de antecedentes, hay un par de datos de la historia china dignos de anotarse. El primer emperador, Qing, ordenó la construcción de un canal 240 años antes de Jesucristo. También, el Gran Canal de China entre Peking y Hangzhou, es el río artificial más grande del mundo y sus compuertas fueron fabricadas en el Siglo X, ¡hace más de mil años! Y no son muy diferentes a las que se instalaron en Suez y en Panamá. En junio de este año, la UNESCO incluyó esta obra antigua en la lista del Patrimonio de la Humanidad.

O sea, China tiene las credenciales técnicas y humanas, tiene el dinero y seguramente tiene, tendrá o podría tener el respaldo de Washington para emprender la construcción de un canal interoceánico en Nicaragua.

La embajadora de EE.UU. en Managua, Phyllis M. Powers, así como otros funcionarios estadounidenses han dicho que existe interés en los planes de construcción del canal y que inversionistas norteamericanos esperan conocer en detalle los estudios preliminares que, a solo seis meses del supuesto inicio de la construcción, no se conocen.

Y es en este punto donde crece la mayoría de las especulaciones; desde la protección del ambiente, hasta los cálculos para el retorno de la inversión.

Un canal interoceánico en Nicaragua capaz de permitir el paso de super cargueros y super tanqueros, aunque aún dista mucho de hacerse realidad, no es un dislate. Es un proyecto ambicioso que, en pocas palabras, puede definir al Siglo XXI.

China lo puede hacer realidad, a Nicaragua le conviene y lo necesita, pero hay una sensación de “trompo amarrado”, de sorpresa o engaño, que no termina de disiparse.

Lo triste, lo que no acaba de cuadrar en la mente de los que aman a Nicaragua, es que todo esto suceda en una situación políticia interna muy lastimosa. El presidente Daniel Ortega, poseído por todos los espíritus y subterfugios de los gobierno autocráticos y secretivos — incluyendo una Asamblea Nacional con políticos fantasmagóricos — hipotecó al país ante el empresario Wang Jing quien es como un “gallo tapado” del Comité Central del Partido Comunista Chino y del Ejército Rojo, poderes paralelos que rigen a la gran potencia asiática.

Seguro que hay razones para el secreto y la desconfianza. Estamos hablando de la mayor obra de ingeniería en la historia de la humanidad. Cualquier información falsa o verdadera es muy suceptible. Pero lo insoportable es ver a la élite del partido de gobierno negociando el futuro de un país sin una visión integral de patria.

Como que la democracia ha fallado estrepitosamente en Nicaragua. Desde la presidencia de doña Violeta Chamorro, que tomó el camino difícil pero necesario de la reconciliación nacional, el sandinismo ha tomado todas las ventajas. “Vamos a gobernar desde abajo”, dijo Ortega tras perder las elecciones de 1989 y así lo cumplió hasta volver oficialmente al poder por los votos.

Aprovechándose de una oposición incapaz y a menudo corrupta, Ortega, su esposa Rosario y sus más cercanos seguidores, se apoderaron de las instituciones de la república y gobiernan con mentalidad de pandilla o clan y no de institucionalidad.

Pero, al mismo tiempo, a Nicaragua se le acaba el tiempo para evitar el fracaso irreversible. Nuestro pequeño gran país ha estado sumergido en la miseria más de la cuenta. La educación y la salud públicas están por el suelo. No hay trabajo y la economía crece pero no lo suficiente como para superar el retraso.

Y en esas circunstancias se presenta el tema del canal que, sin duda, es una aspiración histórica de todo el pueblo de Nicaragua, no de un partido ni de una corriente política.

Los profesores de historia nos enseñaron que, desde la primera Exploración del Desaguadero del Río San Juan en 1535 (hace 480 años) el paso de un océano a otro a través de nuestro territorio ha sido el factor que mejor define nuestro destino como nación.

El orteguismo cometé el gravísimo error de no convocar a un gran diálogo nacional de concordia y entendimiento de carácter permanente para, a partir de allí, dar un sustento ya no solo institucional, sino que también cívico y moral, al proyecto del Gran Canal de Nicaragua.

Una obra de esta magnitud no puede ser pensada unicamente en términos de dinero, ganancia u oportunidades. Tiene que ser concebida desde lo más profundo del pueblo nicaragüense, sin que medien los instintos básicos de la clase política que ha demostrado ser extremadamente ineficiente.

De lo contrario, el canal puede llegar a construirse, muchos pueden embolsarse millones, pero tarde o temprano llegará el momento en el que los desposeídos de siempre, alimentados en parte por el resentimiento de aquellos que no puedan enriquecerse, pasarán la cuenta.

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