Un lunch americano

Republican U.S. presidential candidate and former Florida Governor Jeb Bush acknowledges supporters while formally announcing his campaign for the 2016 Republican presidential nomination during a kickoff rally in Miami, Florida June 15, 2015. REUTERS/Carlo Allegri

Republican U.S. presidential candidate and former Florida Governor Jeb Bush acknowledges supporters while formally announcing his campaign for the 2016 Republican presidential nomination during a kickoff rally in Miami, Florida June 15, 2015. REUTERS/Carlo Allegri

 

Mi querida hermana Ana María me ha solicitado un nuevo Cuento Floridano para mi blog. Aquí va y, además, tiene actualidad. Un gran beso y abrazo hermana.

Fue cuando almorcé con Jeb Bush. Era el año 1994 y el tercer hijo del expresidente de Estados Unidos, George H. W. Bush y su esposa Barbara, estaba compitiendo con el demócrata Lawton Chiles por la gobernación de la Florida en unos comicios super reñidos que finalmente Jeb perdió por menos del 1,5% de los votos.

Fuí a entrevistarlo en su oficina del Grupo Codina no muy lejos de Coconut Grove y me recibió con sencillez y jovialidad, preguntándome si había almorzado. Yo le ofrecí una negativa tímida, él dijo que tenía hambre, se fue por unos minutos y reapareció con dos sandwichs de pavo, dos sodas de lata y dos bolsitas de chips.

Venía malabareando toda esa carga, le ayudé un poco y nos sentamos a comer y hablar en una mesa con sombrilla frente a la oficina.

Aquel episodio poco significante bastó para que los Bush tuvieran siempre mi voto y mi admiración, más allá de que la idea del “consevadurismo compasivo” por algún tiempo entusiasmó mis cabilaciones políticas y me asignó un puesto en la gama de las ideologías que conforman el imperio.

Hasta hoy me fascina la idea de que un patricio norteamericano, un Bush, haya recibido al reportero de un diario hispano de Miami para hablar sobre su campaña para la gobernación y, creo, de paso practicó un poco su español.

John Ellis Bush (Jeb) se etableció en Miami en 1980 y se hizo socio del empresario Armando Codina, amigo de su padre e importante figura del Partido Republicano en el sur de Florida.

En la comunidad cubana, el señor Codina tenía peso político y sin duda estuvo detrás de muchos logros de los exiliados anticastristas y del propio Jeb. Pero tenían un estilo “suave” que los diferenciaba de otro tipo de politicos, sobre todo cubanos, de retórica más combativa.

A Codina puede acreditársele como el developer del oeste de Miami, en donde directa o indirectamente  desarrolló extensas áreas de terreno con colosales parques industriales y urbanizaciones.

Por otra parte, sí creo que Jeb llegó a Miami como un exiliado del éxito politico de su familia. Su padre y su hermano mayor fueron presidentes pero él siempre mantuvo la reputación en todo el país de ser “el más inteligente” del clan. En el Miami cubano, con su esposa mexicana, Columba, educó a sus hijos y construyó una imagen, ayudado por personas como Codina, hasta que por fin fue electo gobernador de Florida, varios años después de la derrota frente a Chiles.

Sin duda que John Ellis fue un gran gobernador. Nadie con buen juicio puede negarlo, así como nadie puede negar que brilló como candidato republicano a la nominación presidencial de este año, hasta que tuvo que poner fin a su aspiración tras el anímico resultado en las primarias de Carolina del Sur.

Ese bastión tradicional de los Bush esta vez dió la espalda a John Ellis en favor del empresario neoyorquino Donald Trump.

El hecho es que aún sin Jeb el proceso electoral en curso me tiene bien interesado, devorando día y noche noticias y comentarios sobre política. Cada día quiero más.

Sobre todo me interesa Trump. Él y Jeb son dos personalidades que representan ante mis ojos una dicotomía fascinante sobre algo aún más importante que la presidencia de Estados Unidos, el propio carácter de esta maravillosa nación que me ha acogido.

Digamos que el resto de candidatos republicanos de este año; Ted Cruz, Marco Rubio, Ben Carson (no John Kasich) me parece irrelevante. Puedo ver que Cruz y Rubio son personalidades vitrólicas que están viviendo sus 15 minutos (o seis meses) de fama, mientras que Carson es un narcisista que no desaparecerá hasta que se apague la última luz del escenario.

En todos los debates que ví antes de Carolina del Sur, Jeb fue el único candidato que habló con propiedad de los temas, incluso el único con un discurso sensato en medio de la contorsión o distorsión del pensamiento conservador norteamericano que busca inspiración en el legado de Ronald Reagan pero se deja secuestrar por el Partido del Té.

Sin duda, gente más inteligente que yo puede hacer toda una disección sociopolítica sobre esto que, sinceramente, nada tiene que ver con mi blog.

El hecho aquí es que los votantes norteamericanos no vieron ninguna inspiración en el “más listo” de los Bush o no quisieron verlo desde mi perspectiva. ¿Será que yo nunca podré tener demasiado de los Bush y que aquel sandwich de pavo con papitas me provocó una permanente indigestión política?

Puede ser porque soy un sentimental, pero definitivamente no lo es porque, en el fondo, hay algo de Donald Trump que me gusta y que nada tiene que ver con la inmigración o la xenophobia o el racismo. Y, seamos claros, Trump fue brutal contra Jeb, lo redujo a su más mínima expresión. Fue un espectáculo de “bullying” político pocas veces visto.

Me parece que “el Donald” es una especie de vengador del “Americano Feo” (The Quiet American, la novela de Graham Green sobre el inadecuado carácter del yanki prepotente durante la Guerra Fría). Lo veo además como un epítome caricaturizado del ‘excepcionalismo” de los Estados Unidos, con un desprecio pintoresco por la clase política e intelectual.

Trump es tan gringo que hasta creo que huele a la mostaza de un hot dog. Jeb en cambio es como el abogado Atticus Finch de “To Kill a Mockingbird” que encarna la ética y la moral en una sociedad nublada por el racismo institucional y que considera a Estados Unidos una intención del propio Creador del universo.

Son dos vertientes muy fuertes las que llevan dentro estos señores.

Y si Trump es la mostaza, Jeb sería el propio bun del hotdog. ¿ Y la salchicha? El pueblo, me parece. “We the people”, como dice el preámbulo de la Constitución.

Durante su campaña, Jeb se esmeró en sentarse a comer con todo tipo de gente, en Iowa, New Hampshire, donde fuera, así como almorzó conmigo hace 22 años en Miami; un estilo de política típica del Midwest. A Trump nunca lo van a ver en esas porque es un populista encarnado en la “nueva economía”.

Un magnate célebre no necesita ir a comer con la gente, solo debe brillar como el oro, como la promesa de un valor que no necesita sofismas. Su lenguaje no es vulgar como trasluce sino que de autosuficiencia y el pueblo americano lo entiende a la perfección. Es el gringo con todas sus herramientas, listo a componer el techo de su casa.

En el reparto final de los papeles en esta comedia, a Trump le corresponde el de resentido social y, sí, a Jeb el de niño bien criado.

Yo, en realidad, siempre seré “bushista”. En un futuro no muy lejano a lo mejor podré apoyar el hijo de Jeb, George Prescott Bush Guernica, quien tiene 39 años y ya empezó su carrera política en Texas. Pero también quiero ver hasta dónde llega Trump aunque, aquí lo juro solemnemente, nunca le aceptaría una invitación a almorzar.

Anuncios
Etiquetado , , ,

3 pensamientos en “Un lunch americano

  1. norahorne dice:

    ¡Gracias! ¡Fantástico!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: