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El vuelo de los claveles

La visita del Papa Juan Pablo II a Cuba, en enero de 1998, tuvo atención mundial y, en lo particular, me hizo sudar más de la cuenta.

Un editor de la agencia italiana Ansa se instaló en un hotel de Miami Beach unos días antes del peregrinaje del Sumo Pontífice y decidió que cubriríamos en equipo las reacciones locales de la comunidad cubana. Todo iba bien hasta que Cristiano, como se llamaba mi jefe visitante, me pidió que viajara en una flotilla de protesta de exiliados anti-castristas frente a las costas de Cuba, para llamar la atención cuando el Papa estuviese oficiando misa en La Habana.

Me reservaron cupo en una avioneta desde la cual se lanzarían ramos de flores sobre el sitio en el océano donde guardacostas cubanos hundieron en 1994 un remolcador cargado de personas que querían escapar hacia Florida. Allí se ahogaron 41 almas, incluyendo 10 niños, según datos independientes, porque el régimen cubano nunca precisó el número de vidas que se perdieron.

La protesta sería noble y pacífica. El problema era — y todavía lo es —  que me desagrada mucho viajar en aviones muy chicos. Pero Cristiano insistía que la agencia en Roma estaba encantada con la idea de realizar esa cobertura. ¿Cómo iba yo a defraudar a mis espirituosos colegas de la prensa italiana? La cobardía no era una opción.

Me presenté en el aeropuerto de Tamiami a la hora indicada. Periodistas y aviadores escuchamos misa en un hangar y luego abordamos. Mi avioneta era la más pequeña de las tres que saldrían al encuentro de los botes que, a su vez, zarparían desde Key West hacia el sitio de la tragedia, al borde de las aguas territoriales cubanas. Era tan pequeño mi avión que apenas yo alcanzaba atrás junto a varios ramos de claveles amarillos.

En una media hora llegamos al sitio acordado. Divisé la silueta de La Habana, blanquesina, larga, como un espejismo que coqueteaba con hacerse realidad. Abajo miré los botes de los cubanos atareados en su protesta.

El piloto y el copiloto me indicaron que había llegado la hora de la maniobra. El momento más delicado de la misión.

Comenzamos a volar en círculo con las alas inclinadas y, dentro de la avioneta, nuestra posición se hizo bien perpendicular, incómoda, surreal. El zumbido del motor era más fuerte, el viento nos sacudía con mayor facilidad y bailábamos en círculo con las otras dos avionetas. Sudé mucho mientras pasaba hacia adelante las flores que los tripulantes lanzaban al mar desde sus ventanas.

Al cabo de un rato, el piloto me preguntó: “¿Tú quisieras arrojar un ramo?” Le dije que sí.  El día era soleado y cristalino. Circunvolando y descargando flores, el tiempo se hizo elástico. Como por 15 minutos no fuí el reportero de Ansa sino que un manifestante suspendido en el aire, con el cuerpo virado.

Finalmente, regresamos, me despedí de mi tripulación y, cumpliendo las instrucciones de Cristiano, desde la terminal de Tamiami lo llamé a su hotel de Miami Beach. Le narré todo lo que puede. Él tenía que hacer la nota en italiano; luego yo haría la mia en español, para el servicio latinoamericano. Al terminar la comunicación me inquirió:

– Entre todo lo que me has contado qué te impresionó más.

Mi respuesta meditada en segundos fue bien sincera, aunque dramática.

– Que nunca hubiera pensado poner en riesgo mi vida por ir a tirar unas flores.

– ¡Ajá!, bien, ciao – me respondió entre reflexivo y apurado.

Unos días después, cuando Juan Pablo II y Cristiano ya habían regresado a Roma, me llegó un sobre desde el buró central de Ansa. Era un recorte del diario L’Stampa de Milán en la que aparecía una nota no muy larga titulada: “Rischiando la vita lasciando i fiori” (Arriesgando la vida por lanzar flores). Yo era el autor.

Llamé a Cristiano y le agradecí, pero le expliqué que no estaba de acuerdo con poner mi firma en una nota que en realidad no había escrito. Me replicó que yo la había vivido y que eso, para la agencia, era más importante. Que él solo fue un traductor.

Le volví a agradecer sin muchas ganas y me despedí.

¡Periodistas!, proferí en silencio y pensé en mis claveles amarillos flotando serenos en el mar.  HORACIO RUIZ

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La jinetera añorada

Entre tantos náufragos o balseros cubanos que han llegado a las costas del sur de la Florida y que sin llamarse Elián González cautivaron mi imaginación recuerdo en particular al cantante Rolexi, de 27 años.

Cuando lo entrevisté apenas tenía 15 minutos de haber abandonado su balsa frente a Key Biscayne. Era muy temprano en la mañana.

Tuvimos un intercambio reporteril muy rápido, pero no se cómo intimamos un poco.

Me pidió un cigarrillo y se lo dí. Tenía un talante agresivo, pero a la vez curioso, muy cubano.

–    ¿A quién dejas en tu casa?, le pregunté con mi grabadora en mano.

–    Mi novia, man. De veras que ya la extraño, respondió mientras examinaba los rayos del Sol y exhalaba humo por la comisura de los labios.

Mi instinto de periodista reaccionó. Un balsero y salsero, recién llegado, disparándose su primer Marlboro Light en la playa, añorando a su novia desde el primer momento … Buena historia, pensé.  Al llegar al periódico podría escribir algo de mi agrado. Pero al final no pudo ser así.

El retrato de la muchacha estaba mojado. Muy endeble. Era una foto Polaroid doblada por la mitad.

–    ¿Qué piensas hacer para reunirte con ella en Miami?, le pregunté.

–    Lo que sea, man, pero está mala la cosa por allá, tu sabes.

–    ¿A qué se dedica ella?

–    Bueno, está de jinetera porque allá no hay más trabajo. A mi no me gusta eso…

Claro que no, pensé, pero ante todo me dejó pasmado la franqueza de aquel sujeto. Lo miré detenidamente para comprobar si estaba en sus cabales o si era un individuo con cierto grado de retraso, de esos que a ratos pasan por normales.

No. Era un tipo bien fresco y relajado, tan solo un cantante acostumbrado a la bohemia de un país socialista, asociado sentimientalmete con una mulata flaca, fuerte, con buenas nalgas y labios carnosos y desafiantes.

Conversamos por unos 15 minutos más. Le dí otro cigarrillo. Nos hicimos buenos amigos de un pequeño rato. Creo que él me miró con el respeto de quien no puede irrespetar a nadie.

Cuando iba a marcharme, le dije, a mi modo, metiéndome en lo que no me importa solo por las ganas de hacerlo: “Rolexi, te quiero dar un consejo, no comentés con nadie más de la prensa la ocupación que tiene tu novia allá en Cuba… Poco a poco te vas a dar cuenta que aquí la cosa es un poco diferente y que hay temas que mejor se callan”.

Me agradeció con humildad y no lo volví a ver en persona. Después escuché por la radio que había dejado en Cuba a una novia enfermera. En otro periódico se escribió que la muchacha era estudiante de ballet.

Pero la moraleja del cuento es que no pude escribir la historia de color que quería porque desde que me alejé de Rolexi, tras darle mi consejo, me sentí un poco canalla.

Le trasladé mi moral sin ningún derecho. Creo que no tuvo mucho éxito como cantante, aunque viajó a presentarse en New Jersey y Las Vegas.

Yo lo sigo admirando por su franqueza, porque su moral forjada en el infierno de Cuba terminó por golpear a mi moral basada aquí, en el Paraíso.

HORACIO RUIZ

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